miércoles, 9 de marzo de 2022

Imagine Van Gogh: arte y datos

Martín Heidegger


¿Qué sucede con el arte en la sociedad industrial, cuyo mundo ha comenzado a transformarse en cibernético? ¿Se convertirán los enunciados del arte en algún tipo de información en y para este mundo? ¿Se irán a determinar sus producciones por el solo hecho de que satisfagan el carácter procedimental del círculo regulador industrial y su constante consumación? Si así fuera, ¿puede la obra de arte seguir siendo obra todavía? ¿Acaso no tendrá su sentido en quedar rezagada, ya desde antes, al servicio de la ejecución continua del proceso creativo, el que se regula solamente desde sí mismo y, de ese modo, sigue estando encerrado en sí mismo? ¿Se presenta el arte moderno como una retroalimentación de informaciones en el círculo regulador de la sociedad industrial y del mundo científico-técnico? ¿No recibirá incluso desde allí, la muy mentada “industria cultural” su legítima fundamentación? 

Estas preguntas nos acosan como preguntas. Y convergen en una única, que dice: 

¿Qué pasa con el encierro del hombre en su mundo científico-técnico? ¿No impera en este encierro, quizá, el retraimiento del hombre frente a eso que lleva al hombre recién a su determinación más propia, para que él se disponga lo justo, en vez de disponer en forma calculadora, tecno-científicamente, de sí mismo y de su mundo, de sí mismo y la propia fabricación técnica de sí mismo?

Martín Heidegger, "La proveniencia del arte y la determinación del pensar",

Conferencia dada en Atenas, 4 de abril de 1967

viernes, 25 de febrero de 2022

El pensamiento único de la diversidad

por Lidia Ferrari

Este oxímoron es una ironía. La diversidad se basta sola. Bueno, a veces precisa de un entorno que la facilite. Nuestro mundo capitalista ha contribuido a eliminar más de la mitad de la diversidad biológica en la tierra. Por ejemplo, desde 1970 a 2016 ha disminuido las especies de vertebrados en el mundo de casi un 70%. Sabemos hoy que la diversidad de todo tipo: biológica, cultural, lingüística, sexual, etc. es factor beneficioso para la existencia humana. Sin embargo, no es posible concebir un pensamiento único sobre la diversidad, pues ella se cultiva allí, en la coexistencia de lo diverso. Es una clave de la condición democrática. Pero suceden cosas extrañas en este nuestro mundo democrático y de libre opinión que abroga por la diversidad y contra los monopolios y la homogeneidad de discurso. El profesor Alessandro Barbero, medievalista, divulgador excepcional, que ha convertido a la historia en una pasión de multitudes en Italia; enseñándonos la historia falseada que hemos aprendido y contribuyendo a formar personas más cultas y abiertas, ha dicho en una entrevista reciente que tiene temor de opinar de ciertos asuntos. Sobre todo, a partir de los efectos sufridos por dos temas delicados de los que se ocupó: las ‘foibe’ de la segunda guerra mundial y el Green Pass. Temas delicados, por cierto. El tercer tema era sobre las mujeres y el poder. Preguntado por las razones posibles de que las mujeres no formaran parte del poder arriesgó que quizás podría tratarse de que no eran tan agresivas y violentas como los hombres. Un decir al pasar del cual tuvo que disculparse ya que lo incriminaron con tal virulencia, sufrió una punición mediática inmerecida para un hombre que ha desasnado a tantos acerca de historia de mujeres invisibilizadas de la edad media, por ejemplo. Lo traigo a Alessandro Barbero pues si él, desde su prestigio y autoridad, dice que ahora tiene temor de lo que puede decir, es que hemos llegado a un punto donde la policía del pensamiento en un sistema democrático cobra víctimas a pesar de que supuestamente tenemos garantizada la libertad de opinión. Me recuerda las advertencias de Pasolini acerca del poder homogeneizante del capitalismo al que considera una forma total de fascismo, cuando dice: “Porque el viejo fascismo, aunque más no sea a través de la degeneración retórica, distinguía: mientras el nuevo fascismo no distingue más: no es humanísticamente retórico, es americanamente pragmático. Su fin es la reorganización y la homologación brutalmente totalitaria del mundo”.

Lo recuerdo porque me ha sucedido en las redes sociales decidir no opinar sobre ciertos temas porque aborrezco las discusiones gratuitas y que sólo aportan malestar al intercambio. No le temo a la discusión argumentada. Pero se hace difícil, al menos en estos dispositivos.  

He visto que quienes se atreven a poner una mirada diferente acerca de ciertas películas -tema menor sin dudas- son bombardeados de reprobaciones. La verdad es que no deja de ser cómico. Cuando Netflix presenta una película considerada supuestamente crítica al sistema, no puede haber pensamientos divergentes acerca del valor de esa película. Pasó con Roma, con La Hija Oscura, con Don't Look Up, con la última de Almodovar. No es posible -en las redes sociales- presentar una perspectiva diversa de aquella que dice que son películas a celebrar. Demás está decir que para Althusser el dispositivo Netflix sería uno de los aparatos ideológicos del Estado, como lo serían Google, Amazon, Apple, Facebook y varios más. Decir que dichos dispositivos que monopolizan la narración que consumimos diariamente pueden ser considerados AIE no debería causar ninguna extrañeza a personas con cierta visión de izquierdas. Tampoco, por cierto, que se emitan opiniones que no compartimos. Pero parece que no se pueden poner en discusión ni estos dispositivos ni ciertos productos que nos son ofrecidos. Es como si en nuestros intercambios en estas redes a-sociales se estuviera construyendo un pensamiento único, que no es dirigido por una fuerza represiva en sentido clásico, sino que a veces son tus propios compañeros los que te hacen sentir la censura. Es probable que se me presente la objeción de que no estoy aceptando opiniones diversas a la mía diciendo esto. Es que de lo que se trata es de poder discutir diferente y argumentar, sin llegar al insulto o a falacias ad personam. 

De la misma manera me sucedió en un post de hace unos meses acerca de mi personal apoyo al gobierno del Frente de Todos y, como opinaba y opino, me preocupaba que desde tanta gente que votó por el gobierno se produjera una destitución imaginaria en la persona de Alberto Fernández que lo único que hace – es mi modo de pensarlo y puedo estar equivocada- es contribuir a debilitar un gobierno que es débil, no por el Presidente, sino por la coyuntura interna y la situación internacional. A partir de ese post y los efectos obtenidos dejé de opinar sobre política argentina. Pues se trataba de condena y vituperios y no de discusión argumental, la cual no necesariamente conduce a que todos pensemos lo mismo. Por el contrario, se trata de advertir las diferencias y aceptarlas como lo que son, diferencias. 

Me reconozco en lo que dice Alessandro Barbero cuando se asombra de que en una democracia occidental campeona de la libertad de expresión deba cuidarse de lo que dice porque se descarga sobre él una tormenta de improperios. ¿Cómo cultivamos la diversidad si, en estas redes sociales donde cada uno de nosotros tiene un megáfono en sus manos, atacamos o desestimamos a quien piense diferente? Y no a aquellos que piensan de modo fascista y reaccionario. No, con esos no discutimos. Queremos conversar desde nuestras diferencias. Quizás algo del dispositivo lo impide, no lo sé. Quizás se trate de lo que trabajé en el texto ‘Divide et impera en clave neoliberal’ (Lacanemancipa). Quizás no podamos advertir -yo tampoco- cuánto estos dispositivos están orientando nuestras ideas, cuánto estos dispositivos en los cuales supuestamente conversamos están formateando nuestros pensamientos. 

P.D. Hace cuatro años compré un televisor y su control remoto venía con Netflix como botón central. Casi no sabía de qué se trataba, pero eso significaba claramente que todos tenemos que ver Netflix a pesar de que se trate de una plataforma de pago privada.

lunes, 17 de enero de 2022

Charly García: el futuro está asegurado

En estos días escuché algunas versiones de canciones de Charly que me volvieron a hacer pensar en la perdurabilidad de su obra. El rock argentino tuvo grandes artistas, también fabulosos intérpretes: Spinetta, Javier Martínez, Palo, Fito, Pappo, Nebbia, Moris, pero hay algo en la solidez de la obra de Charly que parece ir más allá del resto. Porque sus canciones le sobrevivirán mucho tiempo y estoy seguro -aunque yo no esté ahí para constatarlo- que seguirá siendo interpretado por otres grandes cantantes de las décadas futuras. 

Como dice él, "el futuro está asegurado", sus canciones migrarán a cientos de voces. ¿En qué baso mi intuición? Creo que hay algo en la estructura de sus canciones, en el gracia de sus melodías, en la conjunción perfecta de letra y música, que va a traspasar a otros que lo canten. Para poner dos ejemplos eminentes: Spinetta y Palo fueron dos artistas gemiales, haberlos presenciado cantar fue una experiencia imborrable. Pero al pensar en su legado se me hace difícil imaginar sus canciones en versiones que no hagan extrañarlos. Las voces de Palo y Spinetta parecen inseparables de sus canciones. Los tributos póstumos que les hicieron mostraron que es difícil que esas canciones encuentren voces que puedan trasmitir lo que ellos lograron. Charly también mostró ser el mejor intérprete de sí mismo: las mejores canciones de Sui Generis ya eran las que él cantaba; "Necesito", "Quizás por qué", "El show de los muertos". Pero la ventaja del repertorio de Charly está en algo que se pudo comprobar en la celebración de su 70° cumpleaños: sus canciones soportan otras voces. 

Una prueba contundente de lo que digo está en la belleza de estas versiones: Lidia Borda es una de las mejores cantantes argentinas y las versiones que grabó este año de "Adela en el carrousel" y "Promesas sobre el bidet", acompañada por el gran  Daniel Godfrid, son sencillamente extraordinarias.

 

Alberto Rojo es un muy buen músico no muy conocido, pero con solo escuchar esta versión de "Desarma y sangra" basta para confirmar su calidad. Claro que acá hay una trampa, porque esta versión del gran clásico grabada en 2019 cuenta con la participación, ciertamente conmovedora, del propio Charly, pero las partes que canta Rojo, quien además hace el arreglo y la producción musical, nos asegura que habrá "Desarma y sangra" para siempre:

 

viernes, 14 de enero de 2022

La primera noche

La primera noche ellos se acercan

se llevan una flor de nuestro jardín,

y no decimos nada.

La segunda noche ya no se esconden,

pisan las flores, matan al perro

y no decimos nada.

Hasta que un día,

el más frágil de ellos,

entra solo en nuestra casa,

nos roba la luna y, conociendo nuestro miedo,

nos arranca la voz de la garganta

y porque no dijimos nada,

ya no podemos decir nada.


Vladimir Maiacovski, "La primera noche"

viernes, 31 de diciembre de 2021

Mis sueños atrozmente hermosos



Debería haberte olvidado hace mucho 

pero aparecés en cada canción que escucho

está mal andar llorando, suspirando y todo eso

claro, por supuesto,

pero no, no podés separarte.


No te vi en años

aunque no es tan desolado como parece

todavía bailamos en escenarios giratorios

en mis sueños de Busby Berkeley.


Las lágrimas mancharon todas las páginas

de mis revistas True Romance

todavía bailamos en mis atrozmente hermosos

sueños de Busby Berkeley.


Y ahora querés dejarme para siempre

me rehuso a creer que seas capaz

olvidás que no estamos hechos de madera

bueno, corazón, podés hacer lo peor

pero vas a tener que matarme primero.


No te vi en años

aunque no es tan desolado como parece

todavía bailamos en escenarios giratorios

en mis sueños de Busby Berkeley.


Las lágrimas mancharon todas las páginas

de mis revistas True Romance

todavía bailamos en mis atrozmente hermosos

sueños de Busby Berkeley.


¿Creés que es peligroso?

¿Tener sueños de Busby Berkeley?


domingo, 19 de diciembre de 2021

Postdictadura: cuando Foucault se volvió la Instrucción Cívica de la vida de derecha




Nota del editor: Lo que siguen son algunos párrafos extraídos del libro de Silvia Schwarzböck, Los espantos. Estética y postdictadura (Cuarenta Ríos, Buenos Aires, 2015)

La autora describe las condiciones del campo sociocultural tal como quedó dispuesto después de la última dictadura militar, en lo que se dio en llamar "la vuelta de la democracia". El sistema político postdictatorial, con la vigencia -vacilante, agrego- del Estado de Derecho, solo puede rehabilitar, tras los campos de concentración y los vuelos de la muerte, una vida de derecha. La vida de derecha triunfó como resultado de la dictadura (no importa que los sistemas de valores expresamente declamados sean fascistas, conservadores o liberales). Solo bajo estas condiciones restringidas se le permite funcionar a la actual democracia. Por eso, los intentos de salirse del sistema de vida neoliberal se topan periódicamente con el duro límite que desde hace medio siglo se muestra infranqueable. No es solo que los medios de comunicación inculquen ideas que la población adopta ingenuamente contra sus propios intereses, o que la memoria colectiva sea tan frágil como para olvidar rápidamente los agravios que se le hacen -vale recordar: a 20 años del colapso del 2001, todos los agentes políticos, económicos y culturales que lo precipitaron están plenamente activos y dispuestos a volver, sin que un clamor popular se manifieste interesado en sacárselos de encima. ¿Cómo puede ser? 

El texto de Schwarzböck, escrito poco antes de que un partido de derecha dura triunfara en elecciones libres en 2015, sostiene que más allá del discurso acerca de la "vuelta" de la democracia -¿cómo puede volver lo que nunca estuvo?- la vida actual ha sido diseñada por la dictadura. El libro de Schwarzböck marca opacas continuidades donde el discurso superestructuralista simula un "nuevo comienzo". La dictadura pareció cesar el 10 de diciembre de 1983 con la asunción de Ricardo Alfonsín; los ejecutores militares del plan de exterminio fueron procesados y condenados, algunos centenares de represores terminaron en la cárcel, pero nuestra sociedad sigue siendo la que la dictadura cívico militar diseñó. Alrededor nuestro a menudo alguien nota que todavía flotan "los espantos", esos que percibía la Tía Lala, la vieja loca -encarnada en La mujer sin cabeza por María Vaner- que hace años decidió no moverse de la cama y a la que nadie de la familia tomaba en serio.

El libro de Schwarzböck es de lectura imprescindible para quien trate de comprender el acorralamiento político en el que vivimos desde hace décadas: triunfó la vida de derecha y por eso las fuerzas vivas nos permiten jugar a la democracia. Hay que buscar, más allá de los cortes institucionales, la sorda continuidad. Las cosas que los campos de concentración y los vuelos de la muerte no hicieron, las terminó de hacer la propia "vuelta" de la democracia. 

En los años 80 se produjo la importación académica de discursos filosóficos destinados a sedimentar en sentido común. El decisivo es el repudio a la verdad. La vida de derecha se vive en la no-verdad. Buenos Aires abrazó durante el primer alfonsinismo y de ahí sin interrupción la doctrina de la no verdad. Todo es interpretación. Eso que en los 80 se experimentaba como un "liberarse de" -la verdad- terminó resultándonos complicado. La no verdad y la interpretación infinita es el elemento en el que la derecha chapotea en su salsa. La representación parlamentaria, mediática y judicial nos tratan de convencer  de que es posible vivir en la no verdad, es decir: llevar una vida de derecha *. Los que sigue son unos fragmentos del notable libro de Schwarzböck:

Los espantos

[...] A partir de 1984, Nietzsche, Marx, Freud (1965), de Michel Foucault, se incorpora, como lectura obligatoria, a los programas de "Introducción a la filosofía" (que suele ser una materia inicial - con ese nombre u otro parecido- en todas las carreras de humanidades). Lo obligatorio a aprender, para la vida en democracia, de un texto inmediatamente anterior a la Noche de los Bastones Largos, es la primacía de la interpretación: no existe un comienzo ni un fundamento último para la vida en común; la vida en común es un sistema de signos; y los signos son malévolos; la malevolencia del signo -su ambigüedad estructural, explica el profesor- es inextinguible, porque todas las interpretaciones son interpretaciones de interpretaciones; cada signo es una interpretación de otra interpretación; y esta interpretación infinita - entiende finalmente el alumno- no es otra cosa que la democracia. La democracia es interpretación infinita porque no hay comienzo sino retorno. La democracia postdictatorial es retorno a (o de) la democracia - como se dice en 1984 y como se sigue diciendo hasta hoy-. La democracia nunca podría haber sido comienzo.

La filosofía de la sospecha, a partir de 1984, se convierte en instrucción cívica. Sospechar de la verdad es un buen principio para la vida en común. Bajo esta premisa, Marx no es un teórico de la revolución. Nietzsche no es el autor de La voluntad de poder -la autoría, como imputación, se transfiere a su hermana protonazi- y Freud no es el teórico burgués del Edipo ni el inspirador de la liberación sexual del freudomarxismo. Marx no interpreta las relaciones de producción, sino la interpretación que las ha naturalizado: interpretándolas como una interpretación, demuestra que se ha instituido no por su verdad, sino por medio de la violencia. La etimología de la palabra bueno (agathós) en la Genealogía de la moral, muestra no sólo que todas las palabras son interpretaciones de interpretaciones, sino que esas interpretaciones las instituyen las "clases superiores" (o las "clases dominantes" en el vocabulario marxiano). Freud interpreta en el lenguaje de sus pacientes lo que sus pacientes le ofrecen como síntomas: la interpretación del analista es la interpretación de la interpretación del paciente. El síntoma es una interpretación, contra la cual el psicoanálisis inventa otra interpretación.

Después de entender cuál es el legado eminentemente contemporáneo de Nietzsche, Marx y Freud - es decir, qué es lo que hace que ellos no pasen a retiro junto con la teoría burguesa y la teoría proletaria-, el alumno ya sabe, para el resto de su vida en democracia, que todas las interpretaciones se instituyen por la violencia (en lugar de imponerse por su verdad) y se destituyen por la violencia (en lugar de caer por su falsedad): el signo es una máscara que recubre la interpretación y, por eso mismo, la interpretación siempre está obligada a interpretarse a sí misma, a volver sobre sí bajo la preguntaa "¿quién?" (¿quién ha propuesto la interpretación?) y no "¿qué?" (¿qué referente tiene?).

Una vez entendida la no verdad de la vida en común, el alumno saca del texto de Foucault una conclusión que nunca podría llevarlo a la violencia política (ni siquiera a simpatizar con ella): la violencia -de la que hablan los filósofos de la sospecha- es la violencia de una interpretación contra otra interpretación. La violencia no es otra cosa que el conflicto entre las interpretaciones. No hay violencia originaria. No hay violencia primera. Ni hay contraviolencia (no hay violencia del Pueblo de la que pueda decirse, después de leer a Foucault, que no es violencia). Además, por si fuera poco, la democracia es lo suficientemente violenta, en términos simbólicos, como para buscar violencia fuera de los límites discursivos. El alumno que saca estas conclusiones está debidamente preparado para la democracia, es decir, para la no verdad.

La parte no alfonsinista de la cultura alfonsinista, por eso, fue foucaultiana. La parte alfonsinista, en cambio, hizo primar en sus bibliografías la filosofía analítica que, para la época del texto de Foucault (1965), ya había tenido su propio giro lingüístico: ella también desconfiaba de la verdad -la verdad científica como comienzo de toda investigación filosófica- en la que confiaba ciegamente, tomando como modelo a las ciencias duras, el Círculo de Viena, y hablaba de sí misma -agregándose el prefijo post- como filosofía postanalítica. También por la vía postanalítica se podía llegar -y menos laberínticamente que por la vía foucaultiana- a la ausencia de comienzo, a la interpretación infinita, a la no verdad.

Esta doctrina del no comienzo, de la interpretación infinita, de la no verdad -aprendida por la vía postanalítica o por la vía postestructuralista- enseñaba a entender, como parte de un giro lingüístico que excedía a la Argentina, por qué la democracia no podía empezar, sino sólo retornar. 



* Nota del editor: Me gustaría citar acá unos párrafos que escribí como encabezamiento para un extenso texto sobre el problema de la verdad en el pensamiento nietzscheano, publicado el 31/1/2018 con el título "Nietzsche largo" (ver texto completo acá). Estos apuntes me resultan aquí pertinentes. Entonces decía.

"En el último par de años me dediqué a repasar mis lecturas de Nietzsche (...). Mi actual relectura de Nietzsche fue en paralelo con el proceso político de imposición del neoliberalismo en la región del mundo en que vivimos. Estas relecturas se impregnaron del presente y modificaron mi perspectiva anterior hacia este autor que vengo leyendo desde mis 16 años. Algo se cayó en estas relecturas y no creo que sea producto de mi reelaboración intelectual. Creo que la experiencia política vivida en estos años me llevó a los libros de Nietzsche con preguntas nuevas. También me parece que esas preguntas estaban latentes en un malestar sordo que siempre me acompañó al leerlo. 

En mis intervenciones públicas empecé a articular en palabras la distancia que me fue separando paulatinamente de la fascinación que su estilo de escritura provoca. Traté de ir más allá del encanto de Nietzsche como escritor, para confrontarlo con mi experiencia histórica. Una de las cosas que más me llamaron la atención fue la devolución enojosa que provoca mi creciente distancia hacia Nietzsche. Descubrí que el ambiente cultural porteño es fuertemente nietzscheano y que sus aforismos se volvieron consignas de una religión de descreídos. Esta ciudad ya no es católica y nunca fue marxista. El psicoanálisis y Nietzsche en combinaciones diversas forman parte del sentido común porteño. Para tejer esta naturalización del dogma nietzscheano debe haber sido preciso limarle sus aristas más hirientes, domesticarlo, transformarlo en un afable impugnador de un puritanismo que acá nunca se practicó y que él jamás fue. Los centro-izquierdistas porteños no tocados por la militancia política ni mellados por el terror de estado son culturalmente nietzscheanos. Sin embargo, es la derecha la que lleva el programa político nietzscheano, sin necesidad de declararlo. Lógico: la derecha no necesita un barniz cultural para realzar su existencia: necesita dinero y violencia. Y Nietzsche no necesita adherentes porque sus ideas anticiparon las prácticas sociales del neoliberalismo. Una recusación del poder algo imprecisa en la práctica requiere adoptar un discurso vagamente nietzscheano: no hay verdades absolutas, todo se relaciona con el poder, el cristianismo es malo, hay que ser creativos, toda moral es falsa, Dios no existe, los tiempos cambian, después vemos, hay que disfrutar del cuerpo, cositas así. Una nueva forma de consolación que no exige grandes esfuerzos prácticos y nos sirve para construir un perfil cosmopolita, relativista, egosintónico. Por supuesto, los libros de Nietzsche son muy otra cosa, pero se los lee poco, o se los pasa por el filtro de otros autores que lo bañaron, lo perfumaron (en Francia), lo adecentaron.