Mostrando entradas con la etiqueta Prójimo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Prójimo. Mostrar todas las entradas

domingo, 16 de diciembre de 2018

Roma o el brillito de sol sentimental matemáticamente colocado


el triunfo de netflix sobre el cine
o sea una mala noticia
eso es Roma, la nueva de Alfonso Cuarón, un evidente retroceso en su obra después de la magnífica Gravity
no es que se trate de una película pésima
las películas pésimas pueden llegar a tener pifies corajudos y mantenerse en el ámbito de la experiencia cinematográfica
en este caso es peor
Cuarón no la pifia, la fotografía es invariablemente bonita, sus travellings son virtuosos
su humanismo loable, en la época de Trump y Bolsonaro su alegato por la integración de los niños ricos, sus madres separadas y sus mucamas respetadas en su dignidad étnica propaga un poco de alivio entre tanta violencia
si no luciera todo tan fríamente calculado, tan lustroso y sensiblero
si cada brillo de sol no estuviera tan perfectamente calibrado para relucir en las pantallas led, puro lenguaje publicitario
y la tonalidad de cada intérprete no fuera tan monocorde y ajustado a las exigencias del guión
un guión ilustrado con la más extenuante armonía de grises
hollywood ya está en condiciones de consagrar este astuto paquete bondadoso como el nuevo paradigma de qualité
y convencernos a todos de no salir de noche con lo peligrosa que está la calle

UNA MIERDA, BAH

miércoles, 15 de agosto de 2018

Amarse a sí


por Andrés Albertsen
Ilustración: Carmen Cuervo

Uno de los principales aportes de Søren Kierkegaard a la tradición luterana (y cristiana en general) es que para él pecado no sólo es el amor egoísta a sí mismo, sino también la falta de amor propio. Amarnos a nosotros/as mismos/as del modo recto es para Kierkegaard algo que tenemos que aprender. Vean el siguiente párrafo de Las obras del amor:

"Quienquiera que conozca un poco a los seres humanos admitirá sin duda que, igual que con frecuencia ha deseado poder moverles a que renunciaran al amor de sí, también con frecuencia ha deseado que fuera posible enseñarles a amarse a sí mismos. Cuando el atareado derrocha su tiempo y sus fuerzas al servicio de actividades vanas e insignificantes, ¿acaso no será porque no ha aprendido a amarse rectamente a sí mismo? Cuando el frívolo se entrega, casi como si él fuera una nulidad, a los juegos embaucadores del momento, ¿acaso no será porque no tiene ni idea de lo que es amarse rectamente a sí mismo? Cuando el melancólico desea deshacerse de la vida, e incluso de sí mismo, ¿acaso no será porque no quiere aprender a amarse a sí mismo de una manera rigurosa y seria? Cuando un ser humano, porque el mundo u otro ser humano deslealmente le ha traicionado, se abandona a la desesperación, ¿no será su culpa (desde luego que de su sufrimiento inocente no estamos hablando ahora) sino la de no amarse a sí mismo de un modo recto? Cuando un ser humano, atosigado por sí mismo, cree prestar un servicio a Dios martirizándose, ¿cuál será su pecado sino el de no querer amarse rectamente a sí mismo? ¡Ay! , y cuando un ser humano osa ponerse la mano encima, ¿acaso no será su pecado amarse con rectitud a sí mismo en el sentido de que un ser humano ha de amarse?" (Página 42 en Las obras del amor, Sígueme, 2006).

domingo, 4 de febrero de 2018

Amaciegamente


El prójimo es una determinación puramente espiritual. Al prójimo sólo se lo ve con los ojos cerrados o pasando por alto las diversidades. El ojo sensible siempre ve las diversidades y siempre mira a las diversidades. Por eso, la cordura terrena vocifera desde la mañana hasta la tarde: «¡Mira bien a quién amas!». ¡Ay!, si se debe amar de verdad al prójimo, entonces lo que vale es: sobre todo, no te andes con miramientos; pues sin duda tal prudencia, en orden a verificar el objeto, haría que jamás llegaras a ver al prójimo, ya que éste es cualquier ser humano, el primero el mejor, tomado completamente a ciegas. El poeta desprecia la ceguera vidente de la prudencia sabihonda, la cual enseña que hay que mirar bien a quién se ama. Él nos enseña que el amor nos vuelve ciegos; el amante, según la opinión del poeta, de una manera misteriosa e inexplicable, encontrará su objeto o se enamorará, y así se volverá ciego de amor, ciego para cualquier defecto, cualquier imperfección en el amado, ciego para todo lo que no sea este amado, aunque, con todo, no ciego para ver que este es el único en el mundo entero. Siendo así, la pasión amorosa vuelve ciego de seguro a un ser humano, pero además le vuelve un escrupuloso vidente para que no tome a ningún otro ser humano por ese único, con lo que le vuelve ciego respecto de ese amado, en la medida en que le enseña a hacer una diferencia enorme entre ese único y todos los demás seres humanos. Por el contrario, el amor al prójimo vuelve ciego a un ser humano en el sentido más profundo y más noble y más bienaventurado, de suerte que ame ciegamente a cada ser humano, tanto como el amante ama al amado.

S. Kierkegaard, Las obras del amor


Ilustración: Carmen Cuervo