"La idea", canción incluida en el disco póstumo de Palo Pandolfo, Siervo, había sido compuesta hace ya más de quince años y nunca antes la había grabado. Los motivos por los cuales permaneció inédita durante tanto tiempo son misteriosos, dada su ostensible belleza. Palo decidió grabarla en las últimas semanas de su vida. Todavía duele hoy escribir frases como esta, cuando justo se cumple un año de su inesperada muerte.
Fue uno de los más grandes artistas que dio el rock argentino y eso puede comprobarse en la escucha de su extensa obra discográfica, no sólo en su primera y hoy celebrada banda Los Visitantes. Pero Palo se desplegaba con mayor intensidad en sus actuaciones en vivo: era de esos que crecen sobre un escenario hasta dimensiones sagradas. Por eso su ausencia pesa más: no bastará con sus discos para ponderar cuánto era. Dejó canciones muy hermosas pero imposible que otros intérpretes logren rozar los picos de belleza a los que él llegaba incluso en los tablados más precarios. Su presencia derrochaba incandescencia e invariablemente cada noche en la que lo vimos vibrar en música nos dejó una marca indeleble.
A un año de su ausencia esta delicada realización de Verónica Palmieri y Leo Vaca nos hace sentir que aún algo suyo queda entre nosotros.
¿Qué sucede con el arte en la sociedad industrial, cuyo mundo ha comenzado a transformarse en cibernético? ¿Se convertirán los enunciados del arte en algún tipo de información en y para este mundo? ¿Se irán a determinar sus producciones por el solo hecho de que satisfagan el carácter procedimental del círculo regulador industrial y su constante consumación? Si así fuera, ¿puede la obra de arte seguir siendo obra todavía? ¿Acaso no tendrá su sentido en quedar rezagada, ya desde antes, al servicio de la ejecución continua del proceso creativo, el que se regula solamente desde sí mismo y, de ese modo, sigue estando encerrado en sí mismo? ¿Se presenta el arte moderno como una retroalimentación de informaciones en el círculo regulador de la sociedad industrial y del mundo científico-técnico? ¿No recibirá incluso desde allí, la muy mentada “industria cultural” su legítima fundamentación?
Estas preguntas nos acosan como preguntas. Y convergen en una única, que dice:
¿Qué pasa con el encierro del hombre en su mundo científico-técnico? ¿No impera en este encierro, quizá, el retraimiento del hombre frente a eso que lleva al hombre recién a su determinación más propia, para que él se disponga lo justo, en vez de disponer en forma calculadora, tecno-científicamente, de sí mismo y de su mundo, de sí mismo y la propia fabricación técnica de sí mismo?
Martín Heidegger, "La proveniencia del arte y la determinación del pensar",
Este oxímoron es una ironía. La diversidad se basta sola. Bueno, a veces precisa de un entorno que la facilite. Nuestro mundo capitalista ha contribuido a eliminar más de la mitad de la diversidad biológica en la tierra. Por ejemplo, desde 1970 a 2016 ha disminuido las especies de vertebrados en el mundo de casi un 70%. Sabemos hoy que la diversidad de todo tipo: biológica, cultural, lingüística, sexual, etc. es factor beneficioso para la existencia humana. Sin embargo, no es posible concebir un pensamiento único sobre la diversidad, pues ella se cultiva allí, en la coexistencia de lo diverso. Es una clave de la condición democrática. Pero suceden cosas extrañas en este nuestro mundo democrático y de libre opinión que abroga por la diversidad y contra los monopolios y la homogeneidad de discurso. El profesor Alessandro Barbero, medievalista, divulgador excepcional, que ha convertido a la historia en una pasión de multitudes en Italia; enseñándonos la historia falseada que hemos aprendido y contribuyendo a formar personas más cultas y abiertas, ha dicho en una entrevista reciente que tiene temor de opinar de ciertos asuntos. Sobre todo, a partir de los efectos sufridos por dos temas delicados de los que se ocupó: las ‘foibe’ de la segunda guerra mundial y el Green Pass. Temas delicados, por cierto. El tercer tema era sobre las mujeres y el poder. Preguntado por las razones posibles de que las mujeres no formaran parte del poder arriesgó que quizás podría tratarse de que no eran tan agresivas y violentas como los hombres. Un decir al pasar del cual tuvo que disculparse ya que lo incriminaron con tal virulencia, sufrió una punición mediática inmerecida para un hombre que ha desasnado a tantos acerca de historia de mujeres invisibilizadas de la edad media, por ejemplo. Lo traigo a Alessandro Barbero pues si él, desde su prestigio y autoridad, dice que ahora tiene temor de lo que puede decir, es que hemos llegado a un punto donde la policía del pensamiento en un sistema democrático cobra víctimas a pesar de que supuestamente tenemos garantizada la libertad de opinión. Me recuerda las advertencias de Pasolini acerca del poder homogeneizante del capitalismo al que considera una forma total de fascismo, cuando dice: “Porque el viejo fascismo, aunque más no sea a través de la degeneración retórica, distinguía: mientras el nuevo fascismo no distingue más: no es humanísticamente retórico, es americanamente pragmático. Su fin es la reorganización y la homologación brutalmente totalitaria del mundo”.
Lo recuerdo porque me ha sucedido en las redes sociales decidir no opinar sobre ciertos temas porque aborrezco las discusiones gratuitas y que sólo aportan malestar al intercambio. No le temo a la discusión argumentada. Pero se hace difícil, al menos en estos dispositivos.
He visto que quienes se atreven a poner una mirada diferente acerca de ciertas películas -tema menor sin dudas- son bombardeados de reprobaciones. La verdad es que no deja de ser cómico. Cuando Netflix presenta una película considerada supuestamente crítica al sistema, no puede haber pensamientos divergentes acerca del valor de esa película. Pasó con Roma, con La Hija Oscura, con Don't Look Up, con la última de Almodovar. No es posible -en las redes sociales- presentar una perspectiva diversa de aquella que dice que son películas a celebrar. Demás está decir que para Althusser el dispositivo Netflix sería uno de los aparatos ideológicos del Estado, como lo serían Google, Amazon, Apple, Facebook y varios más. Decir que dichos dispositivos que monopolizan la narración que consumimos diariamente pueden ser considerados AIE no debería causar ninguna extrañeza a personas con cierta visión de izquierdas. Tampoco, por cierto, que se emitan opiniones que no compartimos. Pero parece que no se pueden poner en discusión ni estos dispositivos ni ciertos productos que nos son ofrecidos. Es como si en nuestros intercambios en estas redes a-sociales se estuviera construyendo un pensamiento único, que no es dirigido por una fuerza represiva en sentido clásico, sino que a veces son tus propios compañeros los que te hacen sentir la censura. Es probable que se me presente la objeción de que no estoy aceptando opiniones diversas a la mía diciendo esto. Es que de lo que se trata es de poder discutir diferente y argumentar, sin llegar al insulto o a falacias ad personam.
De la misma manera me sucedió en un post de hace unos meses acerca de mi personal apoyo al gobierno del Frente de Todos y, como opinaba y opino, me preocupaba que desde tanta gente que votó por el gobierno se produjera una destitución imaginaria en la persona de Alberto Fernández que lo único que hace – es mi modo de pensarlo y puedo estar equivocada- es contribuir a debilitar un gobierno que es débil, no por el Presidente, sino por la coyuntura interna y la situación internacional. A partir de ese post y los efectos obtenidos dejé de opinar sobre política argentina. Pues se trataba de condena y vituperios y no de discusión argumental, la cual no necesariamente conduce a que todos pensemos lo mismo. Por el contrario, se trata de advertir las diferencias y aceptarlas como lo que son, diferencias.
Me reconozco en lo que dice Alessandro Barbero cuando se asombra de que en una democracia occidental campeona de la libertad de expresión deba cuidarse de lo que dice porque se descarga sobre él una tormenta de improperios. ¿Cómo cultivamos la diversidad si, en estas redes sociales donde cada uno de nosotros tiene un megáfono en sus manos, atacamos o desestimamos a quien piense diferente? Y no a aquellos que piensan de modo fascista y reaccionario. No, con esos no discutimos. Queremos conversar desde nuestras diferencias. Quizás algo del dispositivo lo impide, no lo sé. Quizás se trate de lo que trabajé en el texto ‘Divide et impera en clave neoliberal’ (Lacanemancipa). Quizás no podamos advertir -yo tampoco- cuánto estos dispositivos están orientando nuestras ideas, cuánto estos dispositivos en los cuales supuestamente conversamos están formateando nuestros pensamientos.
P.D. Hace cuatro años compré un televisor y su control remoto venía con Netflix como botón central. Casi no sabía de qué se trataba, pero eso significaba claramente que todos tenemos que ver Netflix a pesar de que se trate de una plataforma de pago privada.
En estos días escuché algunas versiones de canciones de Charly que me volvieron a hacer pensar en la perdurabilidad de su obra. El rock argentino tuvo grandes artistas, también fabulosos intérpretes: Spinetta, Javier Martínez, Palo, Fito, Pappo, Nebbia, Moris, pero hay algo en la solidez de la obra de Charly que parece ir más allá del resto. Porque sus canciones le sobrevivirán mucho tiempo y estoy seguro -aunque yo no esté ahí para constatarlo- que seguirá siendo interpretado por otres grandes cantantes de las décadas futuras.
Como dice él, "el futuro está asegurado", sus canciones migrarán a cientos de voces. ¿En qué baso mi intuición? Creo que hay algo en la estructura de sus canciones, en el gracia de sus melodías, en la conjunción perfecta de letra y música, que va a traspasar a otros que lo canten. Para poner dos ejemplos eminentes: Spinetta y Palo fueron dos artistas gemiales, haberlos presenciado cantar fue una experiencia imborrable. Pero al pensar en su legado se me hace difícil imaginar sus canciones en versiones que no hagan extrañarlos. Las voces de Palo y Spinetta parecen inseparables de sus canciones. Los tributos póstumos que les hicieron mostraron que es difícil que esas canciones encuentren voces que puedan trasmitir lo que ellos lograron. Charly también mostró ser el mejor intérprete de sí mismo: las mejores canciones de Sui Generis ya eran las que él cantaba; "Necesito", "Quizás por qué", "El show de los muertos". Pero la ventaja del repertorio de Charly está en algo que se pudo comprobar en la celebración de su 70° cumpleaños: sus canciones soportan otras voces.
Una prueba contundente de lo que digo está en la belleza de estas versiones: Lidia Borda es una de las mejores cantantes argentinas y las versiones que grabó este año de "Adela en el carrousel" y "Promesas sobre el bidet", acompañada por el gran Daniel Godfrid, son sencillamente extraordinarias.
Alberto Rojo es un muy buen músico no muy conocido, pero con solo escuchar esta versión de "Desarma y sangra" basta para confirmar su calidad. Claro que acá hay una trampa, porque esta versión del gran clásico grabada en 2019 cuenta con la participación, ciertamente conmovedora, del propio Charly, pero las partes que canta Rojo, quien además hace el arreglo y la producción musical, nos asegura que habrá "Desarma y sangra" para siempre: