miércoles, 14 de marzo de 2018

Me angustio, soy (Escuchar una voz II)

Ilustración: Carmen Cuervo

Crítica del saber sistemático

[Viene del post anterior] La filosofía occidental quiso ser un discurso transparente, totalizador, claro y distinto y muchas veces se arrogó la capacidad de decirlo todo. La constitución histórica de la filosofía europea, especialmente en la modernidad, la llevó a presentarse a sí misma como el saber de todos los saberes, el saber que se sabe a sí mismo: un saber absoluto. El autor que llevó más lejos esta pretensión de absoluto y que trató de realizar esta aspiración a un saber que se sabe a sí mismo es el alemán G. W F. Hegel (1770-1831). Hasta Hegel muchos filósofos enunciaron la idea de que la filosofía tenía que llegar a desarrollarse de forma sistemática, como un saber lógicamente articulado y capaz de dar cuenta de la totalidad de las cosas que existen, incluso de sí misma. Sólo con Hegel ese ideal sistemático y totalizador dejó de ser sólo un programa a desarrollar para transformarse en una realidad efectiva. La desmesura racionalista de Hegel consiste en no limitarse a enunciar ese programa sino además llevarlo a cabo. Para el autor de Fenomenología del espíritu  y Ciencia de la lógica, la filosofía es el Sistema del Saber Absoluto, en el que la palabra “absoluto” cancela toda posibilidad de aceptar una filosofía relativa. El Sistema del Saber Absoluto consiste en un pensamiento de un poder tal que es capaz de desligarse de toda relatividad, no sólo para saberlo todo sino también para saberlo totalmente, es decir, sin reconocer ningún límite. El Saber Absoluto se sabe a sí mismo en el despliegue de toda su riqueza concreta, un saber totalizador en el que nada queda afuera. El Sistema del Saber Absoluto no es para Hegel una representación sobre algo distinto de sí mismo, sino que su absolutez (ab-solución, soltura de toda relación) consiste en negar la separación entre el saber y lo sabido -negar la separación entre el sujeto y el objeto, para decirlo en términos modernos. El Saber Absoluto suprime así toda exterioridad, porque es la realidad efectiva misma la que, al saberse, llega a ser lo que es. La realidad se realiza sabiéndose: ser deviene en saberse. Negación de la inmediatez y mediación son nombres para designar la energía que realiza la realidad y la vuelve verdadera absolutamente. El Saber lo contiene todo realmente y no de un modo representativo. No hay un otro que se resista. Todo lo real es racional y todo lo racional es real.

Este es el concepto de filosofía que triunfa en la época de Kierkegaard y contra esto es que Kierkegaard se rebela. Todo pensador encuentra a su adversario y lo trae a su terreno. Es lo que hace Kierkegaard con Hegel. La segunda mitad del siglo xix recusa el predominio de este absolutismo de la Idea: post-hegelianos o anti-hegelianos fueron, cada uno a su modo y de modos muy distintos entre sí Arthur Schopenhauer (1788-1860), Ludwig Feuerbach (1804-1872), Karl Marx (1818-1883) y más tarde Friedrich Nietzsche (1844-1900). Kierkegaard, como ellos, trata de pensar después de Hegel, contra él, pensar la falla del desmesurado proyecto del Sistema del Saber Absoluto.

El partido que Kierkegaard toma, el que lo coloca en un lugar de disidencia en la tradición filosófica occidental, es la afirmación de la singularidad personal frente a la universalidad del Sistema. Recuperemos la figura propuesta en el post anterior: la escucha de una voz. ¿Quién habla en cada caso en el discurso filosófico? Esta es la pregunta que hasta Kierkegaard no fue sostenida hasta el fondo: quién habla en la Crítica de la razón pura de Immanuel Kant (1724-1804), qué voz es esa; qué voz es la que habla en la Fenomenología del espíritu o en la Ciencia de la lógica hegelianas. Cuando Hegel escribe en sus libros acerca de la Idea Absoluta y del Saber Absoluto ¿es la propia voz del Espíritu Absoluto la que habla o es la voz de Hegel? ¿Es el concepto que se piensa a sí mismo (tal como Hegel presenta su discurso) o es simplemente un particular del siglo XIX que pretende hablar en nombre del Espíritu Absoluto? Si aceptamos lo primero, adjudicamos al pensamiento una capacidad de auto-transparencia, ya que en el Saber Absoluto no existiría distancia entre el pensamiento, las palabras, la realidad y la verdad; eso es lo que significa la célebre fórmula hegeliana: Lo que es racional es real y lo que es real es racional.

En la filosofía -entendida como Hegel la entiende: como Sistema del Saber Absoluto- el que habla es el mismo concepto, con una transparencia que atraviesa el habla. Kierkegaard desecha esa confianza en la capacidad del habla para hacer aparecer el pensamiento, la realidad y la verdad, e instala esta sospecha como problema filosófico: siempre es una voz la que habla, incluso en la filosofía que se pretende sistemática. "Una voz” señala una singularidad, con una tonalidad que le es propia, no equivalente ni intercambiable con otras voces. Kierkegaard pone en cuestión la engañosa naturalidad con que la filosofía se arrogó la capacidad de pensar de modo neutro e impersonal. Invita a pensar: ¿qué género literario es este que se pretende abarcarlo todo, incluso a sí mismo? Como género literario, la filosofía está sometida a ciertas regulaciones discursivas, necesita una retórica persuasiva de elevación por sobre los intereses particulares, como si quien hablara y escribiera filosóficamente no fuera una voz particular, situada siempre en una posición relativa e interesada, como si esa apariencia desencarnada y desinteresada no fuera una de las formas más engañosas de un discurso interesado. Frente a la filosofía sistemática, Kierkegaard insinúa que toda filosofía es un género literario y lo es precisamente en la medida en que, en su pretensión de transparencia, se desconoce a sí misma. Así, queda destituida de su posición de saber de saberes.

¿Tiene razón Kierkegaard en sus objeciones contra Hegel? ¿O es que no conoce con precisión el horizonte de problemas en el que se debate el filósofo alemán? Hay intérpretes que sostienen que Kierkegaard discute no con Hegel sino con la versión vulgarizada que en Dinamarca se había instalado de esa filosofía. Incluso algunos críticos de Kierkegaard sostienen que toda su posición filosófica podría subsumirse en una de las categorías hegelianas, la de la conciencia desgarrada. Quizás no sea ni tanto ni tan poco: que ni Kierkegaard alcance a desvelar el núcleo candente que mueve a la filosofía hegeliana, ni su cuestionamiento a la voz filosófica pueda reducirse a la ilustración de un mero momento del sistema. Quizás estas desavenencias respondan a un temblor de la tradición filosófica occidental que los sacude a ambos a su manera. Poner en continua fricción las filosofías de Hegel y Kierkegaard (o de Hegel y Marx; o de Hegel y Nietzsche; o de Hegel y Heidegger) puede que sea una tarea pendiente para hacer aparecer un problema no declarado que obra agazapado en la intimidad de estas desavenencias. Hacerlo no para terminar de interpretar con corrección a cada uno de ellos (como si tal cosa fuera posible de modo inequívoco), sino para encontrar en qué punto se halla nuestra época ante las cuestiones que estos filósofos señalaron con sus propias palabras. Puede que ninguno (Hegel, Kierkegaard, Marx, Nietzsche, Heidegger) tenga razón, ni tampoco que todos estén equivocados, sino que no sea apropiado acercarse a la filosofía con la intención de dirimir estas disputas tomando partido por uno cualquiera de ellos, sin reconocer que sus voces responden a tensiones a las que todavía no alcanzamos a visualizar. La filosofía podría no ser la busca de una tesis correcta, sino una manifestación oscilante en la que todo fundamento se nos escurre continuamente.

Lo atractivo y desafiante de la escritura kierkegaardiana es que su destitución del discurso filosófico no es desarrollada a través de una teoría de su opacidad. En lugar de eso, se despliega a través de sus textos, firmados por diversos autores pseudónimos caracterizados precisamente por la imposibilidad de que alguno de ellos pueda decirlo todo. En todo libro de Kierkegaard o de sus pseudónimos hay un punto en que el autor se topa con esa imposibilidad, no contingente, no atribuible a una falla accidental que fuera subsanable si tal autor se empeñara en devenir más racional. La opacidad que caracteriza a todo discurso, incluso y especialmente al que se pretende sistemático, es necesaria, es decir: incesante. Radica en que no puede decirse nada si no desde una voz personal, voz encarnada, la voz de una persona singular (Enkelte) y distinta a otros. 

La palabra danesa Enkelte alude a un singular, el que se diferencia o se separa de otros. Se usa para referirse a cada uno, al que está solo, al soltero (equivalente a single en inglés) y difiere etimológicamente de "individuo", como usualmente ha sido traducido al castellano. La palabra "individuo" significa in-divisible, es decir, un átomo. Subjetividad unitaria y autosubsistente, base de todas las posturas sociológicas atomistas, política y económicamente liberales, que han encontrado un nuevo auge en la época del neoliberalismo y las psicologías consoladoras de la auto-estima (Yo Puedo, Yo Quiero...). El singular kierkegaardiano no propicia esa acepción. Traducir Enkelte por individuo es una decisión que desvía a Kierkegaard hacia las doctrinas de la auto-afirmación, ajenas a su pensamiento. El Enkelte, solo en su soledad, se halla escindido, desesperado por no querer ser sí mismo y, al mismo tiempo, desesperado por querer serlo. No reposa en sí, no es consistente ni puede salir de esa desesperación sin el encuentro con un otro no semejante (escuchar una voz...). Se trata de nombrar lo que cada uno tiene de propio e intransferible. Más praxis que atañe a cada uno que condición natural, no puede reducirse a un concepto ni a una norma general. No es singular por naturaleza, sino que deviene singular cuando emprende la tarea de llegar a serlo, lo que deriva de una decisión personal, distanciándose de la civilización de masas a la que el individualismo post-moderno es incapaz de sustraerse. Según Kierkegaard en cada caso siempre habla un ser único, por más que se adjudique una dimensión universal. Lamentablemente la lectura que durante muchos años se hizo de sus obras desconoció esta clave, motivo por el cual se tomó con literalidad lo que un pseudónimo decía en alguno de sus libros y se lo trató de hacer compatible con lo que otro pseudónimo dijo en otro libro, para armar un remedo de “sistema” kierkegaardiano, exaltador de la individualidad, que es justo lo que él cuestionó.

Al dispositivo de escritura que Kierkegaard puso en marcha, como dije en el post anterior, lo denominó su “estrategia literaria de la comunicación indirecta”. Con él anticipa la problematización del discurso en general y del filosófico en particular e instala un problema que hallará eco en el pensamiento más innovador del siglo XX. Resulta clave para la comprensión de su obra tener en cuenta la singularidad propia de cada pseudónimo. Muchos de los libros más famosos de Kierkegaard están firmados por pseudónimos: Temor y temblor por Johannes de Silentio; El concepto de angustia, por Vigilius Haufniensis. Migajas Filosóficas y  Postscriptum no científico a las Migajas Filosóficas por Johannes Climacus y así sucesivamente. ¿Por qué los seudónimos? No es que Kierkegaard se haya querido ocultar detrás de un nombre de fantasía por un simple juego estético sino que dispuso que el autor de esos libros no fuera directamente el propio Kierkegaard ni fuera lícito interpretarlos de esa manera. Así sometió a una fuerte tensión la naturalidad con la que la tradición nos vincula con la idea de autor, no solo de él mismo como autor, sino de cualquier autor. Y en especial de los autores que se ocultan detrás de voces supuestamente desencarnadas.

También pone en suspenso la noción de que un autor es el fundamento de un texto. Él crea a un autor que piensa un determinado concepto y lo crea justamente para que piense ese concepto. El autor no precede al concepto y tampoco es una mera figuración sensible del concepto. En realidad, esta operación desata un círculo interpretativo en el que queda girando la recíproca dependencia entre autor y concepto. Esto hace temblar el suelo de todo hablar filosófico e impide en particular que el propio Kierkegaard sea leído de un modo que su escritura rechaza. Lo que se dice en cualquiera de sus libros no puede ser atribuido ingenuamente a Kierkegaard (así como tampoco lo que dicen los textos de Hegel puede atribuirse a Hegel).

La sutileza de esta operación es pasada por alto con frecuencia. Esto permitió que fuera leído durante el siglo xx por sucesivas oleadas de filósofos de diversas escuelas que construyeron un Kierkegaard a la medida de sus intereses: Theodor Adorno, Georg Lukács, Jean Paul Sartre , Karl Jaspers, Gabriel Marcel, Emmanuel Levinas: algunos de ellos se consideraron sus discípulos, otros sus encarnizados oponentes. Muchas veces estos autores conocían solo una parte de su obra pseudónima y le atribuyeron a Kierkegaard lo que esos pseudónimos decían. Esta confusión pasa por alto que Kierkegaard ni siquiera es neutral o equidistante respecto de cada uno de sus pseudónimos: a veces es más irónico, en otros casos es difícil deslindar la distancia que lo separa del pseudónimo o el grado de ironía que está aplicando. Para agravar el problema, se desconoce completamente la pregunta de cómo puede tomarse cada texto que Kierkegaard firma por sí mismo. Las estrategia de la comunicación indirecta genera una onda expansiva que excede incluso sus propósitos particulares: ¿quién habla cuando hablo?

Este interrogante señala a la vez qué le resulta posible decir a una determinada voz y qué entonación (Stemning) se requiere para decirlo. Nunca un discurso puede decirlo todo. Todo discurso está sometido a un régimen particular: quién habla, a quién se dirige la palabra, qué género discursivo se ejerce, qué tono hay que emplear de acuerdo con el asunto del que se habla. Con entonaciones diversas se pueden decir distintas cosas y hay cosas que no pueden decirse sino en un determinado tono (a esto alude el título Temor y temblor). La palabra danesa Stemning, que los traductores virtieron como "atmósfera", "preludio", "ambiente", "temple", "temperamento" o "talante", contiene la raíz "Stemme", que significa voz. El Stemning tiene una acepción musical que se refiere a la tonalidad, el temple (en el sentido en que decimos "templar las cuerdas de una guitarra" o "el clave bien temperado"). Equivale al alemán Stimmung -en alemán, "voz" se dice Stimme- que después usaron Nietzsche y Heidegger y se tradujo como "estado de ánimo", "temple" o "disposición afectiva". Vale la pena conocer la familiaridad de todos estos términos traducidos de diversas maneras, porque indica una afinidad de pensamiento. Cuando uno habla, lo hace indefectiblemente en un determinado tono, incluso el que imposta un tono neutro en un habla impersonal o teórica. Por ejemplo, si una sinfonía está compuesta en do mayor y un instrumento toca en sol menor, va a sonar desafinado, fuera de la tonalidad apropiada. Captar esa resonancia musical del tono o la afinación puede ser crucial para comprender lo que Kierkegaard dice.Si uno no acierta en la tonalidad, puede desbaratar el sentido de lo que dice.

Ilustración: Carmen Cuervo


Un ejemplo de entonación: El Concepto de la Angustia

Veamos cómo obra este problema de la entonación en uno de sus libros pseudónimos: El Concepto de Angustia, firmado por Vigilius Haufniensis.  El asunto central de este libro, curiosamente, no es la angustia sino el pecado. Del pecado, dice Vigilius Haufniensis, no se puede hablar de cualquier manera. Hay tonos para hablar del pecado en los cuales, si se desafina, uno se vuelve cómico . Esto pasa con muchos sacerdotes cuando en misa hablan del pecado: son cómicos. Hablan también para otras personas que participan de esa comicidad, a quienes Kierkegaard, en sus feroces críticas a la cristiandad, llama “cristianos domingueros”, los que van a la iglesia a cumplir con un rito social ridículo. También la filosofía especulativa se vuelve cómica cuando habla del pecado, ya que el pecado no es un concepto teórico, dado que radica en una decisión personal y no en una generalidad. El tema del pecado, dice Haufniensis, es íntimamente serio. Y la tonalidad con la que debe hablarse de él es la seriedad. Quien no afina una voz seria cuando habla del pecado es imposible que hable de eso; en cambio, es probable que hable de su propia falta de seriedad, de su ridiculez o de su fariseísmo. El riesgo de cualquiera que empiece a hablar de un determinado asunto es decir algo que podría ser muy interesante pero, al no acertar con la tonalidad que la cuestión demanda, terminará por volverlo cómico o hipócrita.

¿Qué disciplina es la adecuada para hablar del pecado? Vigilius Haufniensis declara que del pecado  no puede hablar ni la Metafísica, ni la Estética, ni la Ética ni la Lógica. Hay una sola forma discursiva en la que se puede hablar con propiedad de ello: es la predicación. Cuando en un contexto como el nuestro, tan alejado de la “tonalidad” religiosa,  hablamos de predicación, podemos llegar al sobresalto, porque esta palabra nos suena a las liturgias de la cristiandad. Hace falta recordar entonces que Kierkegaard cuestiona siempre la representación teatral de la cristiandad, a la que considera un reemplazo fraudulento de la fe auténtica. Al contrario, Haufniensis dice que el arte de la predicación se acerca al antiguo diálogo socrático. ¿Cómo se puede asimilar predicación y diálogo, si todas las apariencias indican que en el diálogo hablan dos y en la predicación monologa uno? Haufniensis dice que lo decisivo en ambos casos no es si uno toma la palabra y el otro escucha o si hablan ambos. Cuando se habla teóricamente, se habla de un objeto exterior y se entona una frialdad científica, porque el teórico no se encuentra involucrado con aquello de lo que habla, sino que especula sobre eso. En la predicación o en el diálogo, una palabra es dicha personalmente por alguien y dirigida a la interioridad del otro. No se puede hablar del pecado, dice Vigilius, de modo impersonal, porque siempre es el pecado de alguien, de un singular. Siempre es mi pecado y no el pecado concebido de modo general. Lo decisivo, si hablamos de pecar, es si vos pecás, si yo peco. No importa, en cambio, cómo puede definirse de una forma que valga indistintamente para cualquiera el carácter pecaminoso de la condición humana. Si hablo de mí, del pecado como una posibilidad estrictamente mía, mis palabras adquieren un tono serio -o ridículo, si no me concierne-. Se trata de mi vida, de lo que me atañe a mí y a nadie más (remito a lo que dije en el post anterior acerca de Abraham y de la voz que se dirige sólo a él). Si hablo teóricamente de la condición pecadora de la humanidad tomada como un conjunto, me vuelvo cómico. De la primera manera, predico o dialogo; de la segunda, teorizo. Cada una de estas dos formas de hablar tiene una afinación propia.

El nombre “Vigilius Haufniensis” que firma El concepto de angustia tiene un significado (como sucede con todos los pseudónimos) que se podría traducir como “el vigía de Copenhague”. Vigilius también es una persona que está en estado de vigilia, que no duerme, se queda despierto, vigila. Quizás sea un insomne. Este vigía -no el propio Kierkegaard, sino una de sus posiciones discursivas- dice ser un psicólogo. El concepto de angustia dice ser un libro de psicología. Este ensayo psicológico se dirige hacia el tema del pecado original pero con una peculiar advertencia: no se puede hablar en psicología del pecado original. ¿Entonces? El libro anuncia desde su propia presentación su disloque: a pesar de que todo se dirige hacia el problema del pecado, en el libro no se puede hablar de él. El pecado se presenta en El concepto de angustia como eso de lo que psicológicamente no se puede decir nada. El pecado es irrepresentable. En cambio, de lo que sí se puede hablar y de lo que el libro efectivamente habla es de la angustia. ¿Cómo se justifica este desplazamiento de un texto titulado irónicamente El concepto de la angustia, que dice girar en torno del problema del pecado original, pero que a la vez reconoce de antemano que no podrá hablar propiamente de él? La angustia, sostiene el psicólogo vigía, es un fenómeno concomitante con el pecado, es una tonalidad, un Stemning que acompaña, rodea, precede, sucede al pecado. De la angustia sí se puede hablar psicológicamente. Esta oscilación temática de un autor que pendula entre un tema propio y otro impropio -algo de lo que se puede hablar y algo que se le escapa- es un típico ejemplo de esa ironía kierkegaardiana que caracteriza a la comunicación indirecta: un modo de señalar en dirección a los asuntos cruciales de manera oblicua.

Angustia y posibilidad

Voy a citar ahora algunos párrafos del libro que resultan especialmente reveladores. En el capítulo 5, capítulo final, dice:

“En uno de los cuentos de los hermanos Grimm se relata la historia de un mozo que salió a correr aventuras con el solo fin de aprender a horrorizarse. Dejemos a este aventurero que siga su camino sin preocuparnos si llegó o no a encontrar algo capaz de infundirle espanto. Lo que sí quisiera dejar bien en claro es que ésa es una aventura que todos los hombres tienen que correr, es decir, que todos han de aprender a angustiarse. El que no lo aprenda, se busca de una manera u otra su propia ruina: o porque nunca estuvo angustiado o por haberse hundido del todo en la angustia. Por el contrario, quien haya aprendido a angustiarse en la debida forma, ha alcanzado el saber supremo.

“El hombre no podría angustiarse si fuera una bestia o un ángel. Pero es una síntesis y por eso puede angustiarse. Es más, tanto más perfecto será el hombre cuanto mayor sea la profundidad de su angustia. Sin embargo, esto no hay que entenderlo -como lo suele  entender la mayoría de la gente- en el sentido de una angustia por algo exterior, por algo que está fuera del hombre, sino de tal manera que el hombre mismo sea la fuente de la angustia. Sólo en ese sentido ha de entenderse sobre lo que se dice acerca de Cristo: “que se angustió hasta la muerte”; y también así se ha de entender lo que el mismo Cristo le dice a Judas: “Lo que haz de hacer, hazlo pronto.” Ni siquiera las terribles palabras: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” que a Lutero tanto le horrorizaban cada vez  que predicaba sobre ellas..., ni siquiera esas palabras, repito, expresan el dolor con tanta fuerza como las anteriormente citadas. La razón es bien sencilla, ya que con las últimas palabras se designa la situación en que Cristo se encontraba, mientras que con las primeras se designa la relación con un estado todavía inexistente”. 

La angustia concebida por Vigilius Haufniensis no se refiere simplemente a una situación ni a un estado emocional motivado por algún hecho exterior. El singular no se angustia ante un determinado peligro, ante un suceso o una persona, cuando le ocurre un accidente o un imprevisto. No se angustia por una cosa. La angustia no tiene objeto. Uno se angustia cuando experimenta una posibilidad: la posibilidad que caracteriza el modo de ser humano. No viene de algo que esté afuera, sino que radica en la propia intimidad. Una persona se angustia cuando se experimenta a sí misma como lo que es: una posibilidad.

El concepto de posibilidad fue tratado en la tradición filosófica occidental como una categoría de segundo orden en la jerarquía proposicional. Generalmente se habla de la posibilidad como de una categoría meramente lógica. Digamos: si yo dejo caer este papel desde cierta altura, es posible que caiga hacia abajo, pero también sería posible que fuera hacia arriba. Con lo cual se quiere significar que el hecho de que el papel fuera hacia arriba no sería absurdo ni contradictorio, aunque por nuestra experiencia nos parezca improbable. Este es el ejemplo típico de la posibilidad en su dimensión lógica. Lo posible ha sido tradicionalmente lo que no es contradictorio, opuesto a lo lógicamente imposible: no es imposible que el papel vaya hacia arriba en lugar de ir hacia abajo. Se trata así de un grado de enunciación más bajo que la realidad: algo meramente posible es por eso mismo no realmente efectivo. Lo posible se recluye en el terreno de la imaginación y no del conocimiento. En la realidad empírica cotidiana no hemos visto que los cuerpos físicos vayan hacia arriba, a pesar de ello que no es lógicamente imposible. 

En la filosofía tradicional -que remite al menos a Aristóteles-, la posibilidad es concebida como algo ontológicamente más débil que la realidad. Contra esa tradición, Kierkegaard dice que el modo de ser humano es la posibilidad. Pese a que predomina una tendencia a pensar al ser humano como una cosa de límites ontológicos y conceptuales prefijados, como un objeto entre los otros objetos del mundo, la persona humana en la concepción de Kierkegaard es un ser posible. Cada singular nunca se limita a ser sólo lo que efectivamente está a la vista, es más que eso, porque es también lo que puede ser. El humano es una conjunción de lo finito (lo que tiene límites determinados) y de lo infinito (lo que no tiene límites).  Una síntesis, dice Haufniensis en una jerga engañosamente hegeliana. Pero en Kierkegaard hay que entender la síntesis como una juntura, un cruce en el que se intersectan dos características opuestas e inconciliables. ¿Qué se junta en el humano? Lo infinito y lo finito. Cuando una persona advierte que es un ser posible, se descubre no simplemente como lo que “ya” es, eso que ve en el espejo o el perfil que los demás le devuelven, no una cosa dentro del ámbito de las cosas. Cuando nos experimentamos como cosa (como res, como algo meramente real) ocupamos un lugar, nos definimos (nos delimitamos) por una profesión, por una identidad, un nombre y un apellido, una nacionalidad, un género, una generación: el hombre joven, el argentino, de género masculino, el profesor, el hijo de..., el marido de... etc. Este modo de percibirnos nos lleva hacia la cosificación y el conjunto de estas determinaciones que nos fijan en una identidad en el fondo no es más que algo ajeno, porque no es eso lo que la persona más propiamente es. Ni siquiera es la suma de esas determinaciones, es algo más, que aún no está determinado y le da al singular un carácter abierto, práctico: libre.

Cuando un hombre liga su propio ser a una mirada que le es ajena (el definirse a sí mismo por su nacionalidad, su profesión, sus vínculos familiares, el perfil que los otros le devuelven), cuando desea limitarse a eso y no percibir que además puede ser otro, entonces uno no quiere ser él mismo, no quiere ser el que es. El ser humano se apropia de sí cuando se percibe como posibilidad, alguien cuyo ser no se acaba en su realidad efectiva. Este poder ser no es una posibilidad puramente lógica, algo imaginario, sino que toca lo que él es más auténticamente. La posibilidad está abierta hacia el futuro. Más que una cosa en el espacio soy una posibilidad arrojada en el tiempo, hacia el futuro -un proyecto, dirá Heidegger, siguiendo la línea abierta por Vigilius Haufniensis. Captarnos en esta indeterminación pone de manifiesto nuestra precariedad: esta es la experiencia de la angustia. No nos angustiamos ante una amenaza exterior, sino por lo que somos. La angustia es la experiencia en la cual un hombre se capta a sí mismo como ser posible.

Es interesante señalar que, a pesar de la originalidad de Kierkegaard en el planteo del ser humano como posible, no puede decirse que esta problemática haya salido de la nada. No se ha prestado suficiente atención a la forma en que la angustia aparece en uno de los padres de la filosofía moderna, René Descartes (1596-1650). A Descartes se lo califica como el paradigma del racionalismo y, no obstante eso, hay en él un preanuncio de la temática kierkegaardiana de la angustia. Esto nos lleva una vez más a relativizar las etiquetas con las que se clasifica a los pensadores. El libro de Descartes Meditaciones Metafísicas suele tomarse como el texto fundante de la filosofía moderna. Descartes propone experimentar de una manera radical y extrema la duda para llegar a asentarse finalmente en alguna certeza: ser cierto. ¿Qué es lo que yo puedo saber por mí mismo y no porque me ha sido dado por otro? ¿Qué es lo que realmente sé? Para detectar si sé algo por mí mismo tengo que someter a todas las cosas que hasta hoy creía saber, dice Descartes, a la duda: si algo sobrevive a la posibilidad de duda, entonces eso lo sé de verdad. Si algo me parece aunque sea mínimamente dudoso, entonces voy a hacer de cuenta de que no lo sé de verdad, lo voy a dejar de lado. Manifiesto, en este ejercicio subjetivo, la voluntad de negar lo incierto como si fuera falso. 

Empiezo dudando de los que mi ojos ven, de lo que mis sentidos me trasmiten, porque me doy cuenta de que mis sentidos a veces se contradicen y las cosas pueden ser de un modo diferente a como ahora las veo; más tarde puedo verlas de un modo distinto, por lo que resulta prudente desconfiar de los sentidos. El célebre argumento del sueño dice que esto que estoy percibiendo ahora puede que no sea realmente efectivo, ya que es posible que yo esté durmiendo: puede que esté soñando que estoy leyendo este texto: me ha pasado a veces el creer que estaba en una determinada situación, cuando en realidad sólo se trataba de un sueño. Por lo tanto, quiero dudar de este dato por su incerteza. Y así puedo seguir dudando. Llega el momento en que la duda se extiende a todo. Descartes descubre que se puede dudar de cada una de las cosas que hasta ahora creí como más ciertas; por ejemplo: de que 2 más 3 es igual a 5, cosas que nunca me atreví a concebir como si fueran erróneas. En la época de Descartes una certeza semejante sólo la podían otorgar las matemáticas. Dudar de la matemáticas, para un filósofo del siglo XVII es terrible. Así el filósofo que busca la certeza indubitable llega a la inquietante situación en que es posible dudar de todo. Si buscaba estar cierto de algo, el resultado de esta voluntad de certeza es que dudo de todo. Yo puedo poner voluntariamente todo en el campo de la duda, es decir: de lo falso.

En ese preciso tránsito, al comienzo de su “Meditación Segunda”, Descartes escribe esto: 

“La meditación que llevé a cabo ayer ha llenado mi espíritu de tantas dudas que desde ahora ya no estará en mi poder el olvidarlo. Y sin embargo no veo de qué manera podría resolverlas, pues como si de improviso hubiera caído en aguas muy profundas, estoy tan sorprendido que no puedo afirmar los pies en el fondo ni nadar para mantenerme a flote en la superficie”. 

Las dudas me llevaron a no poder hacer pie en el fondo ni salir a flote, en un estado suspendido en la posibilidad. Es decir: nada cierto a lo que pueda aferrarme. Muchas veces, en las facultades de Filosofía, este pasaje se pasa rápido, porque se lo considera una especie de decoración literaria superflua. Se pasa a la parte argumentalmente fuerte, que se considera que es el momento en que Descartes define su posición racionalista. Se olvida que, justo en el momento previo a hacerse la pegunta “Pero yo mismo, ¿qué soy?”, lo que está en las puertas de esa pregunta es su angustia, la percepción de su falta de fundamento, ese no poder hacer pie ni salir a la superficie, el temor de no poder olvidarse de su propia incerteza, un límite para su voluntad cognitiva que lo afecta en su ser más íntimo. La angustia de Descartes no es un adorno literario sino la travesía necesaria que anticipa y posibilita la pregunta: "Pero yo, ¿no soy acaso algo? ¿qué es lo que soy?". La pregunta nace de mi vacilación, no de mi intelecto, ni de mi voluntad, sino propiamente de mi ser. Lo que me angustia no es que me descubro como ignorante de algo, sino que descubro que todo mi ser está expuesto a ese temblor: soy el que tiembla. "Me angustio, ergo soy" podría haber sido el comienzo de una filosofía moderna que no fue. Porque Descartes va a aplacar su temblor tranquilizándose rápidamente: "soy una cosa que piensa". Quizás por esto es que Kierkegaard unos siglos después va a decir que la angustia es una aventura que todos los hombres tienen que correr: todos han de aprender a angustiarse.

martes, 6 de marzo de 2018

Kierkegaard: Escuchar una voz (I)

Ilustración: Carmen Cuervo

por Oscar Cuervo *

* Nota del editor del blog En el año 2009 la editorial Quadrata de Buenos Aires me encargó la redacción de un libro introductorio sobre el filósofo Søren Kierkegaard, en el marco de la colección Pensamientos Locales. Fue editado finalmente en 2010 como Kierkegaard. Una Introducción. Escuchar una voz (Escuchar una voz es el título que yo prefiero) y pronto su stock se agotó, o al menos eso es lo que me comunicaron los representantes de Quadrata que me encargaron el libro. 

En Mercado Libre circulan todavía algunos ejemplares a precios a veces desmesurados. En algunas librerías de Buenos Aires puede encontrarse ocasionalmente algún ejemplar perdido. Googleando de manera casual, hace poco encontré que en España se ofrecía el libro Kierkegaard. Una Introducción, atribuyéndome la autoría, pero fechada en 2017 por Libros de la Araucaria. No sabía que yo había editado el año pasado un libro en Madrid con el mismo título e idéntica tapa al porteño de 2010. Pedí una explicación a mis editores en Buenos Aires y me dijeron algunas frases sobre un traspapelamiento, errores u olvidos, cosas que no llegué a entender. Cosas que otros me comentan que son usuales con la obra de escritores que jamás pueden controlar la circulación de sus libros. Según me dicen ahora, solo hay 200 ejemplares en España correspondientes a aquella primera edición de 2010, que se presentan a sus posibles compradores españoles como un libro de 2017. Puedo atestiguar que yo no escribí hasta hoy nada nuevo con este título ni tampoco recibí compensación económica por ello. Cuando los editores de la versión original porteña me explicaron lo del traspapelamiento y los olvidos, me dijeron que si tuvieran que pagarme los derechos de autor por esos ejemplares que circulan por España, una vez aplicadas todas las deducciones de impuestos, beneficios para los diversos editores involucrados y las librerías y otros costos de intermediarios, la suma que me correspondería sería tan exigua que me dejaría al borde de tener que pagar yo unos pesos a quienes me editaron y están vendiendo mi libro en España y otras localidades.

En fin. Ya no pretendo controlar este negocio editorial. Entonces tomo mi texto de 2009, lo corrijo, le cambio algunas expresiones que hoy me parece que se podrían decir mejor, le agrego alguna frase que me parece más precisa, hago una discreta corrección de estilo y, dado que después de todo yo lo escribí y es difícil de conseguir a un precio razonable en mi ciudad, lo subo a la web en forma gratuita: lo que ustedes pueden leer a partir de aquí es la versión revisada de Escribir una voz, el libro que escribí en 2009. Esta sí es una versión actualizada en 2018. Va a publicarse en capítulos en las próximas semanas en el blog Kierkegaard Buenos Aires. Lo que sigue es el capítulo 1. No descarto que al final de la publicación de los capítulos preexistentes, ahora revisados, agregue algún epílogo con consideraciones que en 2018 me despierta la lectura de este libro escrito hace casi diez años. Ustedes pueden elegir entre comprar esas versiones que circulan en Mercado Libre a precios irrazonables o imprimir el texto que aquí dejo en forma gratuita. Solo espero que por publicar mi texto en este blog no tenga que pagarle derechos a algún editor español o de otra nacionalidad... Ahí va:
(O.A.C)

¿Quién fue Søren Kierkegaard?

Acerca de en qué sentido él es un contemporáneo nuestro y de lo que tiene para decirnos sobre lo que nuestra época todavía no es capaz de pensar voy a extenderme más adelante. Pero para empezar me permito una rápida referencia biográfica. Esta referencia nos dejará ubicarlo en ciertas coordenadas históricas y culturales y mencionar unos pocos episodios que parecen haber marcado su vida. También nos tendría que invitar a apartar cualquier tentación por explicar su pensamiento a través de su biografía. Una biografía solamente es lo que se ha escrito sobre una vida, los dichos de otros acerca de algunos sucesos exteriores. Cuando hablamos de un pensador como Kierkegaard, perderse en los meandros del decir biográfico es uno de los recursos más eficaces para desoír lo que él dice, para no tomarlo en serio, para reducir su pensamiento a una simple expresión de sus conflictos psicológicos. En el texto que acá empieza no me motiva la mera curiosidad por un lejano personaje de una ciudad periférica del siglo XIX, sino una posición de pensamiento que puede revelarnos algo sobre nuestras actuales encrucijadas.

Søren Kierkegaard nació en Copenhague el 5 de Mayo de 1813. Fue hijo de Michael Kierkegaard y Anne Lund, el hijo menor del matrimonio. Siendo muy joven, Søren emprendió estudios universitarios de teología. Dos personas parecen haber ejercido una influencia especial en su vida: en primer lugar, su padre, un comerciante exitoso inclinado a discurrir sobre cuestiones como la culpa y el castigo, preocupaciones que le trasmitió a su hijo desde muy chico. En su diario personal, Kierkegaard dice que esa atmósfera en la que creció lo llevó a ser un hombre melancólico. Su padre murió en 1838, el mismo año en que conoció a la otra persona que marcaría su vida: Regina Olsen, una chica diez años más joven que él. Søren se comprometió con Regina, pero meses después rompió ese compromiso por motivos nunca aclarados. Al episodio de su noviazgo y de la ruptura con Regina, Kierkegaard se iba a referir de manera indirecta en muchos de sus libros, introduciendo siempre nuevas variantes en la forma de contarlo. Sin que se pueda -ni tal vez valga la pena- determinar lo que ocurrió realmente, es posible intuir que Kierkegaard tomó la decisión de privilegiar su misión de escritor por sobre cualquier otro vínculo personal. 

En 1841 defendió su tesis doctoral, El concepto de ironía en especial referencia a Sócrates. En 1843 empezó a publicar sus libros a un ritmo sorprendente. Algunos, los llamados Discursos Edificantes,  los firmó con su nombre real; otros, bajo diversos pseudónimos. En 1843 publicó O lo uno o lo otro, Temor y temblor  y La repetición; en 1844, Migajas filosóficas  y El concepto de la angustia; en 1845, Etapas en el camino de la vida y en 1846 el Postscriptum no científico a las Migajas filosóficas. Todos estos libros fueron firmados con distintos pseudónimos y constituyen lo que Kierkekgaard denominó posteriormente su obra estética, que desarrolló paralelamente a su obra religiosa. En 1846, al final del Postcriptum, Kierkegaard hace público que esos libros pseudónimos fueron escritos por él, cuestión sobre la que se extiende en su libro de 1848, Mi punto de vista, atribuyendo esta “estrategia de escritor” al “método de la comunicación indirecta” (a la que volveré más adelante).

De ahí en más, Kierkegaard escribió otros libros firmados con su propio nombre, pero significativamente creó un pseudónimo, Anticlimacus, que no respondía a lo que él llamaba una posición estética sino -según consta en su diario personal- a un cristianismo más perfecto que el que él mismo se sentía capaz de encarnar. Con este pseudónimo escribió dos de sus libros más importantes: La enfermedad mortal (también conocido como Tratado de la desesperación) y Ejercitación del cristianismo. Con su propio nombre firmó otro de sus libros fundamentales, Las obras del amor, y más discursos edificantes.

Hubo todavía otro suceso en su vida que iba a repercutir sobre su actuación pública y que signó el último tramo de su obra. Es sabido que Kierkegaard fue un hombre imbuido de un espíritu religioso, aunque siempre manifestó serias reservas hacia las formas que la religiosidad adoptaba en su contexto social. Esto lo llevó a establecer una distinción entre el cristianismo -esto es, la experiencia de un vínculo personal e intransferible con el Cristo de los Evangelios- y la cristiandad -con lo que aludía a una institución meramente mundana, organizada alrededor de la iglesia cristiana en sus entonces 1900 años de historia. La muerte del obispo de Copenhague Jacob P. Mynster, ocurrida en enero de 1854, marcó un quiebre en esta relación conflictiva. Mynster había sido pastor de su padre y muy allegado a su familia. El sucesor de Mynster, el obispo Hans L. Martensen,  pronunció el discurso fúnebre del fallecido obispo, a quien llamó “testigo de la verdad” y “un nuevo eslabón de una cadena sagrada cuyo origen se remontaba a Cristo y a sus apóstoles”. Estas palabras tuvieron en Kierkegaard el efecto de un potente revulsivo. En su diario escribió: “debo entender como mi máximo deber [...] lanzarme al ataque y hacer una protesta, la protesta contra una predicación del cristianismo que a su vez tendría necesidad de una explicación frente al Nuevo Testamento”. 

Ese fue el punto de partida para una batalla pública contra la cristiandad oficial que absorbió sus últimos meses de vida. En el periódico Fædrelandet N° 295 (19 de diciembre de 1854), publicó un artículo titulado “¿Fue el obispo Mynster un ‘testigo de la verdad’, un verdadero ‘testigo de la verdad’? ¿Es esto verdad?” en el que alegaba que un auténtico testigo de la verdad no podría haber vivido con comodidad, entre placeres burgueses y honores. El verdadero cristianismo, sostenía, consiste no en aceptar ese confort, sino en caminar sobre las huellas de la pasión de Cristo. Poco después empezó a publicar un periódico llamado El instante, en el que su virulencia contra la cristiandad oficial se acrecentó. En el número 6 de El instante escribió: “Hay un mundo de diferencia, un abismo, entre la filosofía de vida de Mynster (que en realidad es epicúrea, es la filosofía del goce de la vida, de las ganas de vivir, propia de este mundo) y la cristiana, que es la de los sufrimientos, la del entusiasmo por la muerte, propia del otro mundo; sí, hay tal diferencia entre estas dos filosofías de vida, que esta última (si es que hay que tomarla en serio y no exponerla apenas una vez en un momento de meditación) debe parecerle al obispo Mynster como una especie de locura”.

El instante llegó a publicar nueve números, entre mayo y octubre de 1855. Cuando estaba a punto de salir el décimo número, Kierkegaard sufrió un colapso en plena calle. Pocas semanas después, el 11 de noviembre de 1855, moría en un hospital de Copenhague. Tenía 42 años.

Escuchar una voz

Hay muchos modos posibles de empezar a leer a un autor, muchas entradas posibles a su obra. En el modo que cada lector entra interviene el trayecto singular por el cual uno llegó a él. Generalmente se llega con determinadas preguntas que uno trae de antemano. Estas preguntas son brújulas que orientan, destacan, subrayan, desdeñan, pasan por alto o marcan hitos en la superficie de un texto: interpretan inevitablemente, más allá de los usos que un escritor pudo prever en el momento de escribirlo. La lectura desencadena posibilidades, pero también se desplaza o se desvía de los propósitos iniciales del escritor. Y este desvío puede no ser simplemente una traición que el lector le inflige al autor, porque un desvío puede ser productivo si expande los sentidos que el texto tenía, hasta hacerlo decir algo que antes de esa lectura ni siquiera estaba pensado por el autor. Soberanía de la posibilidad, un texto es siempre algo más, algo distinto de una cosa, de un objeto cerrado sobre sí que está ahí para ser simplemente recibido. No existe algo así como una objetividad en la lectura de un autor. La singularidad propia de cada lector va armando a ese autor para cada uno. Este recorrido singular y donador de sentidos no depende del mero arbitrio del lector: nadie le puede hacer decir a un texto lo que a uno se le antoja. La lectura no es invención sino escucha. Y nadie escucha lo que quiere, sino más bien lo que puede: la manera en que recibimos un texto depende del camino por el que llegamos a él o por el que él llega a nosotros. Este trayecto siempre es mediado por una tradición cultural que facilita tanto como obstaculiza esa lectura. Dicho más corto: autor, obra y lector tienen una forma de existencia especial que no es la de las cosas que se cierran sobre sí mismas sino la de la posibilidad. 

Søren Kierkegaard es el pensador contemporáneo que desplegó el problema de la escritura y de la lectura, de la palabra y de la escucha, de la comunicación y de la verdad, como actos propios de un ser posible. Para Kierkegaard la posibilidad es el modo de ser humano y de sus actos más propios: escuchar y hablar, leer y escribir, son actos de un ente que existe como posibilidad. Cada uno de nosotros es posibilidad y ese es nuestro privilegio y también el motivo de nuestra angustia. Escucha, posibilidad, singularidad, angustia son palabras claves en la posición de pensamiento de Kierkegard.

Decía que él es un contemporáneo nuestro. El hecho de haber vivido en el siglo xix no lo hace menos contemporáneo para nosotros, dado que la contemporaneidad no es una simultaneidad meramente cronológica. Somos contemporáneos de toda palabra que logra interpelarnos, que percibimos  dirigida a nosotros, es decir, que se dirige a alguien que en cada caso puede decir: es a mí a quien se le está hablando. La época de la que un autor procede no lo encierra inevitablemente en el ámbito de las cosas pasadas, ya muertas, ni lo puede aplastar en el marco de ciertas coordenadas socioculturales. ¿Para quién escribe un autor? ¿para quién escribía Kierkegaard? Siempre que se escribe la pregunta está pendiente de modo más o menos velado. Pero mientras Kierkegaard escribía no dejó ni por un instante de hacérsela. Muchas veces se hallan en sus libros invocaciones a “mi querido lector”. Este afecto y esta intimidad, el ser querido, no tiene nada que ver con una familiaridad de un autor que simula saber quién es el lector. Eso no se sabe nunca. El modo de comunicación al que Kierkegaard apostó su vida -hasta llegar a convencerse de que esa era su única misión en la tierra- no es la comunicación de un saber, sino una comunicación de poder. Una comunicación de esta especie nunca se reduce a los significados habituales que se admiten en una época determinada. Un autor que apuesta a comunicar una posibilidad y no un saber ya definido y fijo quiere ser contemporáneo de su lector y, por más lejos que se encuentren en el tiempo, autor y lector se hacen contemporáneos en el instante de la lectura.

Entre todas las puertas posibles para introducirnos en la obra Soren Kierkegaard la que aquí propongo es la figura de la escucha, con el acto de escuchar una voz. Tal vez no sea el tipo de cuestiones que generalmente se resaltan cuando se habla de Kierkegaard, cuando se lo divulga. Es más usual adscribirlo a cierta tendencia filosófica, decir por ejemplo que es el padre del existencialismo. Pero estos “ismos” nunca le hacen demasiado favor al pensamiento y se muestran especialmente ineptos para comprender la posición de un pensador como Kierkegaard. Cuando se dice “existencialismo” parece que se sabe qué se está diciendo, pero en realidad sólo se logra amontonar una cantidad de problemas bajo una misma etiqueta, sin ser capaces de reconocer que cada autor es por sí mismo un problema y que una suma de problemas nunca da como resultado una solución. De modo que prefiero aquí obviar ese procedimiento que ubica a Kierkegaard como iniciador o como precursor de una determinada escuela. Me valgo entonces, como clave interpretativa, de la figura de la escucha. Kierkegaard es el pensador de la escucha, sus desvelos giran alrededor de ese misterio que sucede cuando alguien escucha una voz. Esta figura no es un simple invento mío: en torno a ella se organiza, como vamos a ver, uno de sus libros principales, Temor y Temblor. Mi propuesta afirma que la figura de la escucha permite organizar también el sentido de los principales conceptos diseminados por su obra.

Las personas de hoy vivimos en medio de una selva de palabras, el poder tecnológico multiplicó esta abundancia de mensajes que a mediados del siglo XIX apenas se vislumbraba, cuando Kierkegaard cuestionaba con mordacidad los límites del discurso periodístico. Hoy habitamos un espacio saturado de mensajes. Escuchamos demasiadas voces, leemos demasiadas palabras, y ya no sabemos cuáles de ellas se dirigen especialmente a cada uno de nosotros. La experiencia por la cual alguien se reconoce como destinatario de una palabra es cada vez más rara, porque prima en todo momento un modelo de comunicación impersonal, las palabras que oímos o leemos parece que nunca son “para mí”, sino para cualquiera, en definitiva para nadie. Corremos el riesgo de olvidar lo que significa que una voz nos hable, más precisamente que una voz me hable, que se dirija únicamente a mí, que yo pueda reconocer que soy el destinatario único de esa voz. Esta figura aparece en la historia de Abraham, en ese célebre pasaje del Génesis (22, 1) que dice: 

“Después de estas cosas sucedió que Dios tentó a Abraham y le dijo: «¡Abraham, Abraham!». El respondió: «Heme aquí». Díjole: «Toma a tu hijo, a tu único, al que amas, a Isaac, vete al país de Moriah y ofrécele allí en holocausto en uno de los montes, el que yo te diga».

“Levantóse, pues, Abraham de madrugada, aparejó su asno y tomó consigo a dos mozos y a su hijo Isaac. Partió la leña del holocausto y se puso en marcha hacia el lugar que le había dicho Dios”.

Este pasaje comparte la mala suerte de todo texto célebre, lo escuchamos tantas veces que su significado queda naturalizado, es decir: ya no nos dice nada. Kierkegaard se sorprende de que en la misa del domingo se pueda leer este pasaje sin que nadie se sienta presa del temor y del temblor, ya que lo que este relato cuenta es terrible, aunque no nos pase nada al oírlo. Y el relato no es terrible solamente porque lo que se cuenta en él incluya la posibilidad de la muerte de un niño (más aún: del asesinato de ese niño por parte de su padre). Es terrible ante todo porque esa voz a la que Abraham le adjudica una autoridad inapelable se dirige a él en particular para que haga algo que sólo él puede hacer. Le pide que haga un sacrificio, es decir que haga algo sagrado. ¿Comprendemos qué significa un hacer sagrado? ¿Dice la palabra “sagrado” algo todavía para nosotros? Porque si esa palabra ya no dice nada, lo que se está contando es la historia de un asesino, del peor asesino, porque está dispuesto a matar a su propio hijo. Kierkegaard quiere entonces reavivar el fuego terrible que este relato enciende, de modo que vuelva a trasmitir ese temor y ese temblor que, bien escuchado, debe suscitar. Con ese fin es que escribe Temor y temblor, con el de desnaturalizar la indiferencia con la que hoy escuchamos el relato, porque se ha convertido para nosotros en un bien cultural, es decir, algo que no tiene nada de sagrado y que por eso no puede provocar temblor. 

¿Cómo lograr ese propósito? Kierkegaard piensa un dispositivo de escritura de una complejidad y un refinamiento que la filosofía de su época -una filosofía dominada por la pretensión de sistematicidad- desconocía. Para empezar, elige un discurso narrativo y no argumentativo: no va a desarrollar una serie de razonamientos encadenados en sucesivas premisas y conclusiones, sino un relato: va a contarnos una historia. Pero no va a contarnos directamente la historia de Abraham, sino la de un hombre que ha leído la historia de Abraham y al leerla quedó obsesionado por ella. Por consiguiente, este hombre, el protagonista de Temor y temblor, vuelve una y otra vez, a lo largo de los años de su vida, a pensar con horror en la historia de Abraham, un horror que incluye la conciencia de que él es incapaz de comprender del todo lo que esta historia significa. El libro trata entonces no directamente de la experiencia de Abraham al escuchar esa voz que le ordena hacer algo terrible (algo sagrado), sino de la dificultad que tiene un lector de este relato por comprender de qué se trata la misión de Abraham, de cómo Abraham puede escuchar una voz dirigida exclusivamente a él y ser capaz de responder a esa voz. 

Aún así no está todo dicho: el que relata la historia de ese lector obsesionado por Abraham y por la voz que le habló no es directamente Kierkegaard, sino un escritor llamado Johannes de Silentio. Para que se entienda: Kierkegaard crea un personaje, Johannes de Silentio, para que escriba un libro, Temor y temblor, que cuenta la historia de un hombre obsesionado por un relato del Antiguo Testamento. Esto es lo que unos años después de Temor y Temblor Kierkegaard declarará como su “estrategia de comunicación indirecta”, puesto que lo que hay para comunicar no es un saber que se pueda trasmitir de modo directo, sino algo que sólo se puede comprender de un modo oblicuo, en el que el lector tiene que tomar una decisión acerca del sentido del mensaje que recibe. Este juego de cajas chinas es el refinado mecanismo de escritura y de pensamiento que Kierkegaard pone en marcha, muy lejos de ser una mera presentación decorativa de algo que podría decirse de manera más sencilla. Porque lo que Kierkegaard quiere resaltar es un obstáculo productivo (poiético, en el sentido clásico) para la comprensión: la dificultad de ponerse en el lugar de otro. Aquí, en un juego de espejos, hay varios otros: Abraham, el lector de la historia de Abraham, el escritor de Temor y temblor -Johannes de Silentio-, y el propio lector, es decir: cada singular de los que leen Temor y temblor. Lo que así queda planteado es que estas posiciones son intransferibles, que hay un sentido que atañe en cada caso a uno y sólo a uno y ese sentido no puede trasmitirse como si se tratara de un saber. Kierkegaard, a través de Johannes de Silentio, quiere hacernos pensar en la distancia que nos une a Abraham o en la cercanía que nos separa de él:

“Leemos en la Escritura: «Dios tentó a Abraham y le dijo: '¡Abraham, Abraham!'. El respondió: «Heme aquí»”. ¿Has hecho otro tanto tú, a quien se dirige mi discurso? ¿No has clamado a las montañas «¡ocultadme!» y a las rocas «¡sepultadme!» cuando viste llegar desde lejos los golpes de la suerte? O bien, si hubieras tenido más fortaleza, ¿no se habría adelantado tu pie con lentitud suma por la buena senda? ¿No habrías suspirado por los antiguos senderos? Y cuando el llamado resonó, ¿guardaste silencio o respondiste muy quedo, quizá con un susurro? Abraham no respondió así; con valor y júbilo, lleno de confianza y a plena voz exclamó: «Aquí estoy»”. (Temor y temblor)

Notemos la irrupción del narrador que se dirige abruptamente al lector: “¿Has hecho otro tanto tú, a quien se dirige mi discurso?”. Esta irrupción hace aparecer al lector que hasta ese momento parecía oculto y que mediante esta apelación es iluminado con una haz de luz violenta. Así como Dios llama a Abraham, en una duplicación especular, Johannes de Silentio llama a su lector. Si Abraham responde: “heme aquí”, si reconoce que es precisamente a él y a nadie más a quien están llamando por su nombre, ¿qué le cabe hacer al lector de Temor y temblor? ¿Es capaz cada lector de hacerse cargo de responder a esta voz que le habla y responder también “heme aquí”? ¿Existe una voz que pueda interpelarme de esa forma? Y si existiera, ¿sería yo capaz de oírla, de reconocerme cuando se me llama por mi propio nombre?

Es sobre estas cuestiones, las que podemos llamar las cuestiones de la singularidad, del ser cada uno único -enkelte en el idioma danés- y quedarse cada uno solo, sin auxilio posible, ante una voz que nos interpela, que Kierkegaard despliega la temática no sólo de Temor y temblor, sino de toda su obra. De modo que puede tomarse este libro -que en el momento de publicarlo Kierkegaard no firmó con su propio nombre sino con el de Johannes de Silentio- como el punto de cruce de las diversas posibilidades de sentido que despliega la obra de autoría kierkegaardiana en su totalidad. Esta autoría incluye varios otros libros que la mano de Kierkegaard escribió, pero que firmó con diversos pseudónimos que siempre encarnan voces diferentes; pero también están los libros firmados por Kierkegaard en su nombre propio. Y a esto podemos agregar las miles de entradas que escribió en su diario personal a lo largo de los años, cuya pertenencia a su obra de autor es digna de discutirse. Esa totalidad a la que aludimos cuando hablamos de la obra kierkegaardiana dista de ser una totalidad cerrada, porque fue concebida mediante una estrategia literaria que ensaya una comunicación indirecta, es decir, algo que no puede ser dicho del todo. Esta totalidad autoral está, por así decirlo, siempre trunca, no existe como una cosa o como un conjunto de cosas en determinado lugar, disponible para ser manipulado cada vez. Si Kierkegaard dispuso su obra como una polifonía de voces cuya unidad será siempre problemática, es ante todo porque es el pensador que tematiza y cuestiona para la filosofía occidental el problema de la comunicación indirecta, una forma de dirigirse al otro que siempre está a la espera de que cada lector desencadene un sentido que sólo a él, singularmente, le atañe.

El Kierkegaard estético

Kierkegaard se definió a sí mismo como un escritor religioso. En esta manera de presentarse cada palabra tiene su peso y encierra su dificultad. Cuando oímos la palabra “religioso” nuestras representaciones nos guían hacia cierta tradición habitual de las iglesias instituidas. Pero ya dije que para Kierkegaard los hábitos de las religiones instituidas son un obstáculo que, lejos de facilitar la experiencia de la confianza, la desvirtúan. Por esta razón, ponerse en sintonía con la noción de experiencia religiosa que sostiene el autor danés nos va a exigir deshacernos de lo que entendemos por religión usualmente. Este problema será analizado en extenso en los próximos posteos. Por ahora nos conviene detenernos en el otro término de su presentación: él dice ser un escritor religioso. Su carácter de escritor nos conduce hacia la dimensión estética de su pensamiento. Kierkegaard fue uno de los más originales escritores del idioma danés y parece ser que era consciente de su talento. Según dejó escrito varias veces en su diario, siempre vivió en tensión entre esos dos llamados, dos vocaciones: la religiosa y la estética. Si no hubiera experimentado con similar intensidad los dos llamados-el religioso y el literario- si una de las dos fuerzas hubiera prevalecido sobre la otra, es posible que su obra no creciera en esa tensión problemática.

Puestos a considerar la dimensión estética de su obra, hay varios Kierkegaard posibles, encarnados por sus diversos pseudónimos, máscaras detrás de máscaras. Son sorprendentemente diversos: humorísticos, románticos, cínicos, desesperados, entregados a irónicos juegos del lenguaje. Pero ¿hay una clave secreta  que los unifica? ¿Es preciso mantener la pluralidad de sus diferencias? ¿Cómo leer entonces a Kierkegaard?

La filosofía académica no tiene grandes problemas al respecto: procede como siempre lo hace, aplasta la particularidad del pensamiento kierkegaardiano contra el fondo del pensamiento anterior. Un filósofo entre otros, un filósofo después de otros, sólo se trata de armar "el sistema kierkegaardiano" en su diferencia específica. En la época del idealismo moderno, Kierkegaard es aquel que -según esta versión-, contra Hegel, acentuó el valor del hombre individual contra la filosofía hegeliana que en su época acaparaba la máxima atención. La de Hegel es una filosofía sistemática donde predomina el punto de vista de la totalidad, el despliegue de la Historia Universal.

Si hay una voluntad del saber académico de aplastar a Kierkagaard contra el fondo de la filosofía anterior, no es necesariamente porque la academia tenga una saña especial contra el danés. Así es como el saber académico procede con cualquier filósofo: según estas simplificaciones, Descartes es un racionalista, Kant es un idealista crítico, Hegel un idealista absoluto y así sucesivamente. Todo se resuelve con etiquetas, el pensamiento se reduce a una serie de enunciados que se sintetizan en cada caso en una carilla o en unas cuantas; y para las cuestiones de detalles vale sumergirse en el texto con el fin de descuartizarlo, para atravesarlo de referencias previas, para minarlo de discusiones filológicas y rastrear la proveniencia de su terminología, cuestión de que puedan hacerse monografías, tesis y tesinas donde el descuartizamiento se repita una y otra vez. Lo preocupante es que, con este tipo de proceder, Kierkegaard queda encerrado en el pasado de la filosofía. Cuando se le concede su diferencia específica –ser “padre del existencialismo”- es porque él mismo ya es el pasado de otros: Sartre, Jaspers, Marcel, a su vez, ellos mismos pasados. La filosofía sería así un capítulo de la historia de la cultura.

Esta lectura simplificadora también es posible, en el específico caso kierkegaardiano, porque su obra, la manera como el propio autor la dispuso -su “estrategia literaria” de la “comunicación indirecta”- es un terreno minado, propicio a todos los equívocos. Y la edición castellana de sus libros consuma una catástrofe: sus obras fueron muchas veces editadas de la manera más descuidada posible, en la mayor parte de los casos se omitió el problema de la obra pseudónima, y en algunos casos (O lo uno o lo otro, por ejemplo) se lo fragmentó de manera amorfa, inventando libros y títulos donde no los había (Ética y estética en la formación de la personalidad, Estética del matrimonio, por poner dos ejemplos). Sólo en 2008 se llegó a publicar en castellano O lo uno o lo otro tal como el autor lo había concebido. Sólo en estos últimos años se empezó a tomar con seriedad el problema de los pseudónimos a la hora de leer cada libro. En los estudios kierkegaardianos aún hoy existen obstinad@s en el error que todavía se molestan cuando se hace alusión a la cuestión de los pseudónimos. 

Existe también una manera más seria de salvar a Kierkegaard de este maltrato: la escrupulosa lectura de sus textos, el intento de reparar la unidad plural de sus voces, teniendo en cuenta la declaración que él hizo de su estrategia literaria en Mi punto de vista y en el Postcriptum acientífico definitivo a las Migajas filosóficas. En esos libros, él declara que no se debe atribuir a su pensamiento ninguna idea que no haya firmado el propio Soren Kierkegaard y que todo lo firmado con pseudónimos no le pertenece como autor porque -dice- sólo ha sido la mano que escribió lo que le dictaron esas “voces”. Esta curiosa declaración, propia de un autor que tiene la clara voluntad de desafiar al lector a arriesgar interpretaciones, combinada con el espíritu lúdico propio de un singular artista literario, muestra hasta qué punto el propio Kierkegaard quiso volverse un problema para sus lectores. Desde una lectura más seria, entonces, hace falta reconducir cada párrafo, cada frase escrita en los diversos libros “estéticos” (los que firmó con pseudónimos, con excepción quizá de los que firma el pseudónimo Anticlimacus), hacia la posición subyacente, que es la que el autor asume cuando firma con su propio nombre: los Discursos edificantes, Las obras del amor, su última intervención pública en El instante: allí, podría suponerse, es donde habla Kierkegaard. Además, nunca se debe perder de vista una remisión fundamental: el texto kierkegaardiano se escribe siempre en referencia a una voz que lo precede, que lo rige, a una Autoridad a la que siempre apela: la palabra del Nuevo Testamento. 

Una actitud más cuidadosa ante la obra kierkegaardiana es ineludible: no se puede seguir leyendo a Kierkegaard sin tomarse en serio esta tarea, hay que limpiar el camino de todas las malezas que se han dejado crecer a lo largo de tantos años de lectura descuidada. Pero aún así no es suficiente: hace falta advertir que esta opción no carece de otros problemas interpretativos; uno de los más complejos es el de qué hacer con el Kierkegaard de los diarios. Porque nuestro autor dejó anotados, a lo largo de varias décadas, sus pensamientos ocasionales, sus ideas en germen, los borradores de los textos que después serían publicados como libros, incluso las propias opiniones que un tiempo después le merecían los libros que escribió, su manera de interpretarlos y hasta de distanciarse al cabo de los años. ¿Qué hacemos con este Kierkegaard de los diarios? ¿Es este el verdadero Kierkegaard? No lo creo. Es ciertamente un invitado molesto. ¿Lo debemos tener en cuenta? Sí. ¿A título de qué? ¿Como la clave secreta de todas las dificultades de sus lecturas? ¿Es en los diarios donde están las respuestas? No. ¿Hay que reconducir todos sus libros, no sólo los estéticos, sino también los religiosos, hacia los diarios, hacia la “trastienda” de sus pensamientos? No me parece. Tomar semejante decisión implicaría someter incluso los textos que él indicó como los privilegiados (los que firmó con su propio nombre) a una lectura regida por las opiniones de la persona Kierkegaard, quitándole soberanía al acto de la lectura del texto posible. ¿Tenemos que postular la posibilidad de que Kierkegaard se nos haga “presente” en sus diarios, para indicarnos cómo debemos entenderlo? No lo pienso. ¿Hay una interpretación subyacente de su pensamiento que pudiera quedar establecida de modo pacífico y definitivo si seguimos las indicaciones que él nos hace en sus diarios o si tomamos al pie de la letra sólo los libros que firmó con nombre propio? Definitivamente no adhiero a este cierre.

Existe todavía otra posibilidad, que me parece más fértil: la de dejar en suspenso la idea de un Kierkegaard “a mano”, aquel que se completaría al ensamblar la totalidad de sus textos, asignándole a cada parte el lugar y el significado que ese Kierkegaard “a mano” indica. Dejar en suspenso la idea de un autor a mano para encontrarse con una multiplicidad de voces, dejar en suspenso la posición religiosa como clave fundamental y excluyente, para oír por primera vez a las voces estéticas en todas sus diferencias. Dejar hablar a cada uno de sus pseudónimos, modular nuestro oído con sus diversas entonaciones (Stemning es una palabra clave a la que volveré en los post siguientes, cuando tengamos  que pensar las distintas tonalidades que puede entonar una voz): Víctor Eremita, el juez Wihlhelm, Un Esposo, el Joven A, El Seductor, Johannes Climacus, Johannes de Silentio, Constantin Constantius son los distintos “autores” dispuestos por Kierekgaard para algunos de sus libros más conocidos. Incluso a veces estos nombres cambiaron de estatus a lo largo de su obra, pasando de ser personajes de algunos libros a autores de otros. Leer todos estos pseudónimos por primera vez, dejar ser la proliferación estética de pseudónimos y personajes como voces singulares, incluso al que firma como Kierkegaard, animarse a dejar en suspenso provisoriamente al escritor religioso, no precipitarse en suponer que detrás de todos estos Kierkegaards hay finalmente uno que se halla más o menos oculto. Es posible atreverse a aceptar la idea de que el pensamiento de Kierkegaard no se puede reducir a una voz única, admitir que puede haber pensamientos entre la pluralidad de sus voces, en el vacío que queda entre ellas, en sus hiatos y silencios, y dejar subsistir todavía sus contradicciones y secretos como propios de la vacilación de un pensamiento que lucha consigo mismo.

domingo, 25 de febrero de 2018

Voz, territorio, tiempo

Una conversación pública con Liliana Herrero en Kierkegaard Buenos Aires 
Viernes 2 de marzo a las 19:30 en Lavalle 3119. Entrada libre y gratuita



Hace unos meses, en Kierkegaard Buenos Aires publicamos este texto: 

"El que en Temor y Temblor cuenta la historia del lector obsesionado por Abraham y por la voz que le habló no es directamente Søren Kierkegaard, sino un escritor llamado Johannes de Silentio. Kierkegaard crea un personaje, Johannes de Silentio, para que escriba un libro, Temor y temblor, que cuenta la historia de un hombre obsesionado por un relato del Antiguo Testamento. Esto es lo que unos años después Kierkegaard declarará como su “estrategia de comunicación indirecta”, porque lo que lo que hay para comunicar no es un saber que se pueda trasmitir sino algo que sólo puede comprenderse de un modo oblicuo, dado que el lector tiene que tomar una decisión acerca de su sentido. Este juego de cajas chinas es el sofisticado mecanismo de escritura y de pensamiento de Kierkegaard. 

"El juego de pseudónimos está muy lejos de ser una mera representación decorativa de algo que podría decirse de manera más sencilla, como los más obtusos lectores de Kierkegaard asumen. Kierkegaard quiere resaltar un obstáculo para la comprensión, la dificultad de ponerse en el lugar de otro". 

 Al rato nos llega un comentario de Liliana Herrero: 

  "Así es, cuando daba clases y lo enseñaba jamás dejó de conmoverme". 

Este es un tipo de encuentro que uno no puede manipular. Cuando sucede, solo cabe agradecerlo. No hace falta explicar lo que significa Liliana Herrero para nuestra música popular. En cambio, no son tantos los que saben que, antes de grabar su primer disco, Liliana daba clases de filosofía y solo cantaba en reuniones de amigos. Lo que no podíamos predecir es su memoria conmovida por aquellas clases sobre Temor y temblor que Liliana evoca. Así que invitarla a participar en una conversación pública en Kierkegaard Buenos Aires nos pareció tan inevitable como la confluencia de los ríos. Queremos preguntarle por esa parte desconocida de su experiencia: las clases de filosofía, su conmoción al contar la historia de Abraham e Isaac, los ecos de su vocación filosófica en su música. 

***

"Yo siento que la voz tiene un territorio -decía Liliana Herrero a revista La otra en 2011-, que la voz piensa, que señala una memoria cultural, la memoria geográfica y la memoria política de un territorio. No me parece que la voz mía sea una voz sin territorio y sin suelo, al contrario, me parece que porta esa memoria y de algún modo yo lo expreso cada vez que canto... No pienso el tiempo en forma lineal, el pasado está en el presente, está en el futuro y tropezamos con él como una piedra en el camino. Si tropezamos con Yupanqui, es porque Yupanqui nos está esperando y todavía tiene mucho para decirnos, no está allá lejos y hace tiempo. Al decirlo me emociono, porque pienso 'tal vez yo no estaré, pero tenemos cuerda para rato'. La copa de vino se llenará nuevamente, y vendrá otro a tomarla, y llenará otra copa, y otra".

Este viernes 2 de marzo a las 19:30 vamos a estar conversando con Liliana Herrero en Kierkegaard Buenos Aires, Lavalle 3119. Entrada libre y gratuita.

viernes, 23 de febrero de 2018

Los obedientes



Todo saber que invite a la coquetería es de naturaleza realista. ¿”No ves esos niños de ojos azules”, que saben decir nariz en francés? Entonces los padres tienen que recuperar lo que perdieron en su juventud y toman de la lista de Adresseavisen (1) los datos de un maestro de método rápido que en cincuenta horas le enseña a uno tanto como otro en tres años, y uno puede estar seguro de que, llegado el caso, será capaz de decir algo que perfectamente sabe decir en danés, alemán, francés o inglés, según sea lo último que el maestro les haya enseñado en uno u otro de esos idiomas. En cambio, los humanistas generalmente sólo usan sus conocimientos de las lenguas muertas cuando no es posible decir lo mismo en la lengua materna, ni tan bien, ni de manera tan bella o mordaz. — De naturaleza realista son también esos abstractos libros infantiles: sobre el obediente Pedro, etcétera, que a los niños, si son como deberían ser, jamás les interesarían, y creo que en general no les interesan. Esos obedientes Pedros, o esas juiciosas Emilias y Marías, etcétera, de quienes se cuenta que contrajeron felices matrimonios y enriquecieron el mundo con una generación de la misma clase, en lugar de morir solteras por el bien del mundo.

Søren Kierkegaard, Los primeros diarios – 1837-1838, 
Universidad Iberoamericana, México, 2013, (II, A, 4) .

(1) Kierkegaard se refiere al famoso diario danés Adresseavisen, publicado entre 1759 - 1909, y dedicado principalmente a publicar anuncios.

miércoles, 21 de febrero de 2018

Los niños

Todas las ocupaciones ordinarias de los niños fuera de las horas propias de la enseñanza — e incluso estas últimas en la medida de lo posible — deben ser socráticas. Se tiene que despertar en ellos el deseo de preguntar en lugar de formular una razonable pregunta que, por escapar al dominio del saber del tío Frands o resultarle inoportuna por algún motivo, sea rechazada con las palabras: “qué chico tonto ¿no puede mantenerse callado y quieto mientras le cuento?” — Y entonces la madre, para evitar una escena más tensa, asegura que el niño “no lo hará más”. Lo que importa es llevar lo poético a todos los ámbitos de su vida, desplegar su magia y de repente, en el momento más inesperado, dejar ver un destello que rápidamente se desvanece; lo poético no debe estar reservado a ciertas horas y ciertos días. Alrededor de tales hombres, los niños no saltan como terneros desgarbados, tambaleándose y aplaudiendo, porque deben escuchar una historia. Ellos se acercan a él con ánimo abierto, fresco, confiado, creen en él, lo inician en muchos de sus pequeños secretos, le cuentan sus juegos y él sabe involucrarse en ellos, como sabe también darle al juego un sentido más serio. Los niños nunca le molestan, nunca le fastidian, y ellos le tienen una gran estima y respeto. [Nota: También uno mismo debe aprender de los niños, de su maravillosa genialidad, que en cierto sentido necesita ser orientada, pero no dominada, como consideran ciertos sabihondos. Recuérdese al respecto las palabras de Cristo, cuando tenía 12 años de edad: “¿acaso no saben que debo ocuparme de la obra de mi padre?” (…). — Tampoco se debe tener siempre a mano esa prosaica palmeta, como el maestro de Los elfos, porque lo que conmueve a los niños es algo mucho más profundo — por eso uno evita, entre otras cosas (¡oh, divina Némesis!), caer 1400 codos bajo tierra y convertirse en una — mula]. Él sabe lo que hacen en la escuela, no lee las lecciones con ellos, pero en privado se informa de lo que leen, se pone al corriente no para probar si ellos saben ni para tomar parte de alguna manera y dramatizarlo para ellos ni para darles la oportunidad de lucirse en alguna reunión. — No, lo hace para dejar entrever de repente un destello de eso mismo, para ponerlo en alguna relación con las cosas en las que ellos están ocupados, aunque completamente de pasada, como si el alma del niño quedara electrificada y sintiera la omnipresencia de algo poético, hacia lo cual se siente atraído, pero no se anima a acercarse. Eso fomenta en los niños un constante movimiento espiritual, una permanente atención a lo que escuchan y ven, una atención que se debe llamar externamente, por ejemplo, haciendo pasar a los niños de una habitación poco iluminada a otra mucho más iluminada (…).

Pero a pesar de la claridad que allí reina, con facilidad puede aparecer cierto sentimentalismo, cuando uno olvida que la vida adulta posee lo que infancia prometió. A uno le parece, sobre todo cuando se trata de niños muy inteligentes, que ella prometía más y entonces los amarga con angustia que en el fondo viene de eso y no siempre de un trivial llorisqueo. Esas continuas frases: “ahora son felices, pero cuando  sean grandes llegará el dolor”, etcétera, son muy dañinas porque, cuando se arraigan en el niño, le producen la extraña angustia de preguntarse cuánto tiempo más  podrá ser feliz (con lo cual ya son infelices), o bien porque, aunque esas continuas jeremiadas no lo impresionen, le producen el mismo daño que cualquier otra conversación inapropiada. Págs. 30-31.

Søren Kierkegaard, Los primeros diarios – 1837-1838,
 Universidad Iberoamericana, México, 2013, págs. 30-31.

La educación pública en peligro

Debate abierto - Sábado 24 de febrero a las 18:00 hs. en Kierkegaard Buenos Aires - Lavalle 3119 - Libre y Gratuito

Participarán:

Santiago Foucault
Maestro de escuela primaria, CABA - Miembro de la Agrupación Docente Estudiantil Simón Rodríguez.

Leandra Atenea Levine Hidalgo
Primera egresada trans de la Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini - Estudiante de Medicina - Actriz.

Christian Leonardo Malattia
Profesor de Letras y Ciencias de la Educación - Director del Centro Cultural Tapiales -  Delegado de SUTEBA - Periodista y escritor.

Martín Pont Verges
Estudiante de Ciencias Políticas - Militante de El Semillero - Nuevo Encuentro - Ex Presidente del Centro de Estudiantes del Colegio Nacional de Buenos Aires.

Organiza: Kierkegaard Buenos Aires
Sábado 24 de febrero, 18:00 hs.  Lavalle 3119. Acceso libre y Gratuito

lunes, 19 de febrero de 2018

Directo al blanco


La ironía de los antiguos es completamente distinta a la de los modernos. Ya en relación con la armonía del lenguaje, la brevedad del griego se opone a las extravagancias reflexivas de los modernos. Pero la ironía de los griegos es a la vez plástica, por ejemplo, Diógenes, que no hace el comentario de que, cuando un mal tirador dispara, lo mejor es sentarse en el blanco, sino que directamente va y se sienta en el blanco.

Søren Kierkegaard, Los primeros diarios, 1837-1838, 
Universidad Iberoamericana, México, 2013, II A 141, pág. 108.


Ilustración: Carmen Cuervo